Lucidez Chapter 92
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Chapter 92

interrogatorios, y mi mirada buscó instintivamente las esquinas hasta dar con las cámaras suspendidas y expectantes, como ojos invisibles que no perdían detalle.

—Espere aquí —pidió el agente—. Enseguida vendrá el inspector.

A cualquier cosa le llaman enseguida, pensé, mientras permanecía aislado cerca de una hora, sentado en una de las sillas, esperando la llegada del inspector.

Finalmente, aquel tipo se dignó a entrar y se sentó justo delante de mí, con la espalda rígida y un aire de autoridad contenida.

Portaba unos papeles en una carpeta y, antes de dignarse a mirarme, los ojeó detenidamente, como quien juzga por anticipado.

—Veamos a ver —arrancó por fin—. Señor Andrés, explíqueme qué hacía usted en el número siete de la calle Roig i Ventura, en Can Tusell.

Tardé cerca de dos horas en narrar toda la historia, intentando no omitir ningún detalle. De vez en cuando, el compañero del inspector, el sargento Antoni Gramunt, aparecía y dejaba sobre la mesa un puñado de informes, mientras comunicaba discretamente algo a su superior.

—Tengo entendido que fue usted inspector de policía, pero que, tras cometer un crimen, pasó veinte años en prisión —observó Manel, con los ojos entrecerrados.

—Si, es corrector —señalé.

—Y luego empezó a ejercer como detective.

—Uno lo lleva en la sangre.

—Ya veo —dijo, como quien hace un cálculo silencioso.

En ese momento, Antoni volvió a interrumpirnos, acercándose y posando una mano sobre el hombro del inspector.

—Se confirma la coartada. Tanto María Méndez como los testigos del bar California confirman lo descrito por el señor Andrés.

—¿Era hasta el momento sospechoso? —pregunté, con un hilo de incredulidad.

—Lo era —repuso Manel.

—Pero si fui yo quien propuso llamarles…

—Ya bueno, es el procedimiento habitual. —El inspector alzó ligeramente el mentón para mirar a su compañero—. ¿Sabemos ya el nombre de las víctimas?

—Aún quedan por confirmar tres de los ocho cuerpos, pero sabemos que el esposo de María, Alberto Pérez, era uno de ellos. Jaime Losantos también se encontraba entre los fallecidos.

—¿Tan rápido han identificado los cuerpos? —pregunté, recordando vívidamente el estado en que los había encontrado.

—Así es —respondió Antoni—. Somos eficaces en nuestro trabajo.

Los observé detenidamente, midiendo su astucia y cada gesto; debía andarme con pies de plomo. Los vi cruzar miradas, casi como una conversación muda, y cuando notaron que los estudiaba, me encogí de hombros, fingiendo ignorancia.

—Por favor, relate de nuevo lo acontecido —pidió el inspector, con voz firme pero paciente.

—Veamos —dije, llevándome una mano a los ojos cansados—. Acudí a la vivienda del señor Jaime Losantos en busca de Alberto, ya que fue el último que supuestamente estuvo con él. La inquilina de enfrente me facilitó las llaves, alegando que estaba