Lucidez Chapter 91
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Chapter 91

—¿Pero qué ha pasado? —preguntó claramente alterada—. ¿Ha encontrado usted a Jaime?

—¿Cómo que hay varios cuerpos? ¿Se refiere a gente muerta?

—Sí.

—¡Madre de Dios bendito! —se santificó retrocediendo rápidamente hacia su piso.

Una vez me quedé solo, me dejé caer en el primer escalón y suspiré, tratando de recuperar el control sobre mi respiración y mis latidos acelerados. La adrenalina todavía recorría mis venas como fuego líquido, y observé mis manos temblar descontroladamente bajo la tenue luz del rellano.

Al cabo de quince minutos llegaron los nacionales y procedieron a acordonar la zona con profesionalidad fría.

Un par de ellos me realizaron varias preguntas, anotando con precisión cada detalle, y me indicaron que aguardara la llegada del sargento.

Sin embargo, no apareció ningún sargento: en su lugar, se presentó un inspector de unos treinta y largos años, con la mirada dura y el gesto adusto, que irradiaba autoridad.

—Señor Andrés —dijo a modo de saludo, firme y sin concesiones—. Tengo que pedirle que nos acompañe a la comisaría.

—Descuide, señor —respondí—. ¿Puedo saber cómo debo dirigirme a usted?

—Soy el inspector Manel Gispert.

—Inspector, les acompañaré con gusto.

Manel me indicó que subiera a un coche patrulla y tras cerrar la puerta, le comunicó a un compañero que procediera a llevarme.

—Enseguida nos vemos —dijo mientras el motor arrancaba, y las luces del vehículo pintaban destellos naranjas y amarillos sobre las fachadas de Terrassa.

Desde la ventanilla trasera, observé la ciudad en movimiento: los adoquines pasaban ante mis ojos como un borrón, manchados por reflejos de farolas y ventanas iluminadas.

Suspiré de nuevo, preguntándome cómo iba a explicar a las autoridades que un animal extraño había estado devorando personas en un piso del barrio de Can Tusell.

Me dije a mí mismo que, de haberme contado alguien esa historia en el pasado, cuando aún era inspector, probablemente no le hubiera creído.

El policía condujo hasta la carretera de Matadepera y entró en la estación de aparcamiento de la comisaria.

Esperé a que abriera la puerta, me apeé y nos dirigimos hacia el cuartel.

Antes de entrar, giré la cabeza y vi cómo llegaba un coche particular, conducido por el inspector, que se perdió por el parking buscando sitio.

—Buenas noches —saludó otro agente postrado al frente de la puerta al verme llegar, la voz cordial pero firme—. Por favor, si es tan amable de seguirme —añadió, señalando un pasillo.

Seguí el camino y al llegar a una puerta, el agente la abrió y me invitó a entrar. Traspasé el marco con cautela, estudiando el lugar con detenimiento: una mesa en un costado y dos sillas, nada más. Supe de inmediato que se trataba de una sala de