Lucidez Chapter 90
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Chapter 90

cuádriceps se extendían de manera antinatural hacia atrás, otorgándole un porte inquietantemente humanoide, pero monstruoso.

Me quedé completamente paralizado, sintiendo una mezcla de miedo e incredulidad que me oprimía el pecho.

Aquella cosa hizo un movimiento brusco, calculado, como si me estuviera evaluando y al mismo tiempo quisiera intimidarme.

Dí dos pasos hacia atrás, manteniendo el arma firme, tembloroso pero decidido.

Incluso desde aquella distancia percibí el hedor terrible que emanaba de la criatura: un olor repulsivo, animal, cargado de podredumbre y amenaza.

De pronto, se abalanzó sobre mí con una velocidad increíble, y cuando ya la tenía encima acerté a disparar.

Creo que le di en el pecho, porque aquello me permitió esquivar parcialmente el envite; el empellón me lanzó contra el suelo y solo recibí un violento golpe que me arrojó a un metro de distancia, estampándome sobre la mesa, que cedió bajo mi peso y se aplastó, esparciendo su contenido por todo el comedor en un caos de cristales, bolsas y dinero manchado de sangre.

Gemí dolorosamente y miré desde el suelo hacia atrás.

La criatura siguió corriendo y, sorprendentemente, se precipitó contra una ventana, atravesándola con un estruendo ensordecedor de cristales rotos.

La perdí de vista entre la oscuridad que lo devoraba todo.

Me incorporé tan rápido como pude y me asomé por la ventana para buscarla.

Mis ojos recorrieron varias direcciones hasta que advertí movimientos justo delante, sobre el tejado de un bloque colindante de tres pisos.

¿Cómo había saltado hasta allí? ¡Era imposible!

Di media vuelta maldiciendo por lo bajo y evalué el escenario; si quería salir de aquello sin meterme en problemas, debía calcular cuidadosamente mi próximo movimiento.

Lo primero que hice fue buscar algo que me permitiera ocultar el revolver.

Hallé una bolsa de basura sobre unos estantes e introduje el arma junto con el cinto de balas.

Luego inspeccioné varias ventanas y descubrí que una daba a un patio trasero.

Lancé el arma hacia lo que parecía un pequeño tumulto de escombros, donde aterrizó y rodó entre la basura.

Ya regresaría más tarde para recuperarla.

Miré luego las paredes, buscando algún agujero de bala, pero no encontré ninguno.

Supuse entonces que no había errado el tiro y que probablemente había acertado de lleno a aquella cosa, lo que en cierto modo era aún peor: significaba que había resistido un impacto directo de un calibre cuarenta y cinco y seguía viva, con la fuerza suficiente para continuar corriendo.

Me recompuse como pude y me encaminé de regreso hacia la salida. Allí, me esperaba la vecina, con los ojos desorbitados y el rostro pálido por el miedo.

—¡No entre ahí! —le advertí, deteniéndola con los brazos antes de que pudiera acercarse más.

—¿Qué ha pasado? ¡He escuchado un disparo! —exclamó con la voz entrecortada por la alarma.

—No ha sido un disparo —mentí, tratando de sonar convincente—. Había un animal, y ha roto una ventana de un porrazo.

Aún sujetándola por las manos, suspiré para recobrar fuerzas y la obligué a caminar hacia su casa.