Chapter 89
—Es mejor que espere dentro —dije—. Por su propia seguridad. No se preocupe; si encuentro cualquier cosa se lo haré saber.
Esperé a que cerrara la puerta tras de sí, escuchando el clic firme del pestillo, y luego me dispuse a entrar en la vivienda de Jaime. Busqué entre el manojo de llaves, probando varias combinaciones hasta dar con la correcta, que encajó perfectamente.
Apenas había abierto un resquicio cuando un olor nauseabundo me golpeó en la cara; olor a descomposición, a carne putrefacta, a muerte.
Me llevé la manga de la cazadora a la nariz para aislar la peste y entrecerré los ojos por el desagrado, tratando de sobrellevar el asco que me subía por la garganta.
Palpé la pared con cuidado hasta dar con un interruptor; al accionarlo, la luz permaneció ausente, dejando el interior sumido en un manto de penumbra opresiva que parecía devorar cualquier sonido.
—Mierda —musité, avanzando con cautela hacia la oscuridad.
Poco a poco, mis ojos se acostumbraron a la penumbra y empecé a distinguir formas.
Un pasillo se abría frente a mí, girando bruscamente hacia la derecha, y un tenue resplandor emanaba de su final.
También podía oírse un sonido estático, inquietante y uniforme.
Bajo mis pies, sentí algo resbaladizo, húmedo y frío, pero era imposible identificarlo con claridad.
Alcancé la esquina del pasillo con la mano y, al asomarme, vi un televisor encendido que solo mostraba ruido.
De allí procedía el sonido que había percibido.
Sobre una mesa, pude distinguir bolsitas con un contenido blanco y dinero esparcido de manera caótica, manchado de sangre. La luz intermitente del aparato revelaba una escena de auténtica pesadilla: múltiples cuerpos desperdigados por el suelo, cubiertos de rojo, destrozados.
—¡Joder! —exclamé, extrayendo el revólver de manera instintiva.
La luz del televisor parpadeó y las sombras comenzaron a danzar sobre la pared, marcando pinceladas carmesí y lo que apenas podía interpretar como restos humanos, estampados con una brutalidad imposible.
Retrocedí un par de metros, asqueado por aquella visión monstruosa, completamente perplejo, como si el mundo se hubiera trastocado a mi alrededor.
Algunos cuerpos mostraban heridas extrañas, como si un animal los hubiera mordisqueado; otros estaban en plena fase de descomposición.
Uno en particular parecía haber muerto hacía relativamente poco: le faltaba una pierna, arrancada con brusquedad, y solo podía distinguir arañazos sobre su piel pálida.
Levanté el revólver y lo sostuve con ambas manos, temblando.
Miré alrededor: el comedor se abría hacia dos habitaciones.
De repente, un sonido estremecedor rompió el silencio.
Al darme media vuelta, vi cómo una puerta saltaba por los aires y una figura descomunal emergía disparada de una de las habitaciones, chocando violentamente contra la pared.
—¿Pero qué coño…? —proferí, desconcertado.
La silueta cayó a cuatro patas y luego se incorporó sobre sus piernas traseras.
¿Qué demonios estaba viendo? Nunca podría haberlo definido con exactitud; jamás había presenciado algo semejante.
Aquella criatura parecía un tipo de homínido, cubierta parcialmente de pelo apelmazado por alguna sustancia orgánica o restos biológicos.
Su piel era oscura, y su rostro, imposible de comparar con el de ningún animal conocido, reflejaba algo primitivo y aterrador.
Sus brazos eran excesivamente largos, y los