Lucidez Chapter 88
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Chapter 88

escaleras estrechas se adentraban en la penumbra, devorando la poca luz que se filtraba desde el exterior. Presioné el conmutador y las luces parpadearon un par de veces antes de iluminar el ascenso.

—¿Jaime? —pregunté en voz alta.

Al no obtener respuesta, apoyé la oreja contra la puerta, intentando captar algún indicio de vida, pero solo hallé un silencio inquietante.

De pronto, la puerta del piso contiguo se abrió y giré para ver quién emergía.

Una señora mayor, pequeña y encorvada, me observó detenidamente.

La mujer apenas asomaba los ojos por una rendija y al verme su sorpresa se transformó en cautela y se adentró en el portal.

—¿Quién es usted? —preguntó.

—Soy de la policía —mentí—. He venido a ver a Jaime.

—¿Qué ha hecho esta vez?

—Nada, solo quiero hacerle unas preguntas.

La mujer me examinó con paciencia y finalmente asintió, como si aceptara mi presencia.

—Hace días que no se le ha visto por aquí.

—¿Cuánto tiempo cree que ha estado fuera?

—Pues no lo sé, pero hace bastante. Eso sí, debe haber dejado la llave a alguien, porque el otro día escuché ruidos y golpes en el piso. O quizás era él, aunque no lo vi entrar. Lo extraño es que desde entonces, por las noches, se oyen gruñidos, como de un animal.

—¿Jaime tiene perro?

—No que yo sepa.

Me llevé la mano a la barbilla, pensativo. Forzar la puerta sin más era arriesgado; quizá lo mejor sería esperar en el coche a que apareciera.

—¿Cree que le pueda haber pasado algo? —preguntó la anciana.

—Tal vez. ¿Sabe usted de algún modo de acceder a la vivienda?

—Pues ahora que lo dice sí. Tengo una copia de las llaves, porque alguna vez se las ha dejado dentro y me entregó otra mano por si volvía a suceder. Es un poco despistado,

¿sabe usted?

—¿Sería tan amable de dejármelas? —pregunté, desplegando mi sonrisa más encantadora—. Solo quiero asegurarme de que se encuentra bien y que no le ha ocurrido nada.

—Pues mire, sí, ahora se las traigo. Nunca había estado fuera tanto tiempo y me preocupa.

La mujer entró en el piso y, tras unos pasos que resonaron sobre un suelo gastado, regresó al cabo de un par de minutos con unas llaves en la mano. Al entregármelas, permaneció allí plantada, expectante.