Chapter 87
perjudicado, pero necesito algo, cualquier cosa que pueda ponerme tras la pista de vuestro amigo.
La revelación no los sorprendió. Detuve mi mirada sobre César, y vi cómo finalmente cedía, sus hombros relajándose un poco. Sonreí para aliviar la tensión, y él comenzó a hablar:
—Sabemos que había empezado a trapichear con droga.
—¡César! —reclamó de inmediato el gordete.
—No Emilio, déjame que se lo cuente. Tal vez él consiga encontrarlo. —César me observó como si de pronto se quitara un peso de encima y yo asentí para tranquilizarlo
—. Mire, señor Andrés, a Alberto le gustaba el juego y apostar, y ojo porque no estamos hablando de lo que ha visto en esta mesa, que lo hacemos por cachondeo para pasar el rato.
A él le gustaba apostar fuerte, con personas embaucadoras capaces de robarte el alma.
Solía ajuntarse con un tipo llamado Jaime, un camello del tres al cuarto que también jugaba.
Desconocemos a dónde iban, pero sabemos que perdió el piso.
—¿Cómo que perdió el piso? —pregunté, mientras tomaba nota mental de cada detalle.
—Se jugó las escrituras en una mano, y las perdió.
—Y Jaime le ofreció un trato —siguió Emilio—. Por lo que sabemos, él se haría cargo de la deuda y a cambio Alberto vendería droga por él. El día que desapareció, se marcharon juntos.
—¿Habéis vuelto a ver a Jaime por aquí?
—No —repuso César—. Esa es la cuestión. No solo ha desaparecido Alberto, también Jaime. Lo que pasa es que a ese desgraciado no lo quiere ni su madre y nadie ha denunciado su desaparición.
—¿La policía sabe esto? —inquirí.
—¡Por supuesto que no! Imagínese usted si los responsables se enteran que les hemos contado esta historia a la policía.
—No se preocupen, seré muy discreto. ¿Alguien sabe dónde vive el tal Jaime?
Nada más llegar al barrio de Can Tusell supe que aquel lugar era un hervidero de conflictos y secretos.
Resultaba extraño ver una pared intacta, sin grafitis, o una esquina donde no hubiera jóvenes de dudosa cordialidad, merodeando y trapicheando con a saber qué.
Incluso distinguí un coche boca arriba, completamente carbonizado, como si hubiera sido olvidado por la violencia.
La mayoría de las edificaciones eran viejas, y por doquier se apreciaban casas y pisos con paredes rebozadas de parches de hormigón y ladrillos a la vista, gastados y descoloridos por el paso del agua y los años.
Conducí despacio hacia la calle de Roig i Ventura y estacioné frente al número nueve, consciente de que cada uno de mis pasos serían vigilado por ojos curiosos que me seguían desde los rincones.
Antes de bajarme del automóvil, verifiqué que el revólver permanecía bien asegurado bajo la cazadora.
Me encendí un cigarro, inhalando el humo con calma.
Abrí la puerta y me apeé, observando el edificio de enfrente.
El sol se había escondido y una brisa ligeramente fría me recorrió la nuca, erizándome la piel.
Caminé hasta el portal y empujé la puerta, que estaba abierta, chirriando de manera ominosa. Dentro, unas