Lucidez Chapter 86
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Chapter 86

Tomé la mediana por la punta y me dirigí a las mesas. Aquellos abuelos parecían muy animados, riendo y comentando jugadas con entusiasmo. Esperé a que terminaran la ronda y les saludé:

—Hola, caballeros. ¿Puedo unirme a ustedes?

—Si llevas dinero encima, estaremos encantados de desplumarte —respondió un calvo con un prominente bigote blanco .

—Sí, porque al pobre César ya no le queda ni para tabaco —se burló otro, rollizo y de risa fácil.

—Bah, os aliáis para hacerme perder, panda de tramposos —acusó el interpelado—. Siéntate a mi lado, hijo. A ver si me traes suerte y entre los dos les damos para el pelo a estos truhanes.

Me senté al lado de César y pregunté:

—¿A cuánto se juega la ronda?

Pasé dos horas jugando con ellos y, entre risas, comentarios sarcásticos y apuestas pequeñas, fui ganándome su confianza. Después de perder contra hasta cuatro veces seguidas, propuse con un gesto teatral:

—Mirad, tengo la impresión de que repartís mal las cartas a propósito, así que esta mano la daré yo.

—Te ha salido un aprendiz, César —se mofó el anciano regordete, echándose a reír mientras me devolvía las cartas—. ¡Qué rápido ha aprendido a llorar el amigo!

Barajé con cuidado, estudiando a los componentes de la mesa, observando gestos nerviosos, pequeñas miradas hacia los demás y respiraciones contenidas. Empecé a repartir y, cuando faltaban dos cartas por entregar, dejé escapar casualmente:

—Tengo entendido que ha desaparecido un tipo por aquí, ¿no?

Los ancianos se miraron entre ellos y de pronto se mostraron taciturnos. Miré a César, ya que consideraba que era el más dócil, y este me sonrió tristemente.

—Sí —dijo finalmente—. Se llama Alberto. Hace tres semanas que desapareció.

—¿Y cómo es eso? ¿Alguien sabe si se echó una novieta o le tocó la lotería? — bromee.

De nuevo silencio. Terminé de repartir y tomé un trago de de cerveza. Digamos que ya era la tercera de la tarde, por lo que empecé a notar el calor en las mejillas y las orejas.

—La verdad es que últimamente se ajuntaba con un tipo bastante extraño —expuso el calvo, con un hilo de voz nervioso. Llevaba toda la tarde jugando con él y aún no sabía su nombre—. Tengo entendido que se traían algo entre manos.

—¡Cállate, Domingo! —espetó el gordo—. No deberíamos hablar de lo que no sabemos.

La mesa permaneció inmóvil, los rostros tensos, manos apoyadas sobre las cartas como si buscaran protección. César bajó la mirada, Domingo nos observó a todos, y el gordito frunció el ceño, claramente incómodo.

—Voy a ser honesto con vosotros. Me envía María, la esposa de Alberto —confesé

—. No sé a qué le tenéis miedo, y no pretendo que ninguno de vosotros salga