Chapter 85
—¿Tienen ustedes hijos?
—No. Dios no tuvo a bien bendecirnos con ese don.
—Dígame, María. ¿Diría que su marido era feliz con su matrimonio? No me malinterprete; solo se lo pregunto para descartar otras posibilidades.
—Mire, don Andrés, no diría que somos un matrimonio perfecto. Todas las parejas tienen sus diferencias, ¿no? Pero mi Alberto es una persona corriente, muy cumplidor. Tiene sus cosas, como todo el mundo, pero es un hombre de su casa.
—¿Descarta usted que se haya buscado otro mujer?
—Sí, por completo, porque tampoco tenía tiempo para esas cosas, ¿sabe usted?
— María hizo una pausa y me dedicó una mirada de imploración—.
Me han dicho que es usted menos caro que otros detectives.
Verá, no dispongo de mucho dinero. Soy ama de casa y tengo ahorrado un poco del dinero que ganaba mi Alberto.
Se me enterneció el corazón. Después de todo, parecía que aún quedaba algo del viejo Andrés que una vez fui. Posé mi palma sobre la mano de María y prometí:
—Encontraré a su marido.
Para dar con una pista que pudiera encauzarme hacia Alberto, esquematicé su rutina y comencé a seguir sus pasos.
El tipo se levantaba de buena mañana, se tomaba un café con leche mientras su esposa le preparaba el desayuno y la comida para llevar, y luego montaba en su vieja Scooter Varian y se dirigía al polígono industrial de Can Palet.
Alberto trabajaba en una empresa dedicada al cartón, en horario de siete a quince horas, y a veces, al salir, se detenía a tomar un par de cervezas en el bar California, a cien metros de la fábrica.
A eso de las cinco de la tarde regresaba a casa, por lo que la única ventana de tiempo en la que podía desaparecer eran esas dos horas vespertinas.
Estacioné frente al bar y crucé la puerta.
El lugar parecía corriente: mesas de madera gastada, un par de clientes habituales y el aroma a cerveza derramada mezclado con café rancio.
Al fondo a la derecha, unos ancianos jugaban a las cartas, fumando y riendo con un desparpajo que delataba años de costumbre.
—¿Qué se le ofrece? —preguntó el camarero, un tipo de unos veintitantos años con aspecto de haber dormido fatal y de humor esquivo.
—Ponme una mediana Estrella, por favor —dije, entregando un billete de mil pesetas—, y sería muy amable si pudiera responder a unas preguntas.
El tipo aceptó el billete y lo guardó en el bolsillo del pantalón. Sacó una botella de la nevera, quitó la chapa con el abridor y sirvió la cerveza sobre la barra.
—Usted dirá —dijo.
—Busco a un cliente habitual, se llama Alberto.
—¿Es usted policía? Porque si es policía, ya le dije todo lo que sé a sus compañeros.
—No —respondí, tomando un trago de la cerveza—. Vengo de parte de su mujer.
Soy detective privado.
—Mire —empezó a decir mientras limpiaba la barra con una bayeta gastada—.
Alberto estuvo aquí el día que desapareció, pero no hizo nada que no hiciera habitualmente.
¿Ve a esos hombres de allí? —señaló a los ancianos—.
Pregúnteles a esos tipos. Estuvo un buen rato jugando con ellos. Tal vez sepan algo.
—Gracias.