Chapter 84
ideal para el frío, y unas cuantas camisas anchas que permitieran esconderla discretamente.
Más pronto que tarde empecé a tener clientela, y durante los meses siguientes resolví hasta dos casos.
Uno de ellos era de infidelidad matrimonial: una señora sospechaba que su marido le ponía los cuernos con una conocida, y resultó que el hombre tenía hasta tres amantes, dos de ellas con hijos del propio marido y una tercera, una jovencita con la que festejaba los viernes por la noche, invitándola regularmente a cenar.
La señora no daba crédito, y yo, entre risas y discreción, fui reconstruyendo aquel intrincado enredo amoroso.
El segundo caso resultó ser el encargo de una empresa de logística ubicada en Igualada que sospechaba que sus empleados le robaban mercancía.
Nada del otro mundo: pequeños hurtos aquí y allá, un par de artículos por comanda, pero que le estaban causando problemas con los clientes, quienes alegaban que les faltaba material.
Para resolver el misterio, tuve que sacrificarme y, con la ayuda del jefe de planta, infiltrarme como trabajador asalariado.
Permanecí dos meses interpretando el papel de mozo de almacén, cargando cajas, revisando albaranes y soportando jornadas agotadoras.
Por suerte, pude descubrir quiénes eran los responsables y aportar a la empresa pruebas fotográficas y de vídeo.
Para ello tuve que desembolsar seiscientas pesetas en equipo especializado: pequeñas cámaras de vídeo y fotografía.
De todas formas, aquello iba a ser útil para futuros encargos, así que no hubo mal que por bien no viniera.
No podía quejarme: consulté los honorarios de otros detectives privados y ajusté mis precios siempre por debajo de sus tarifas.
Mi oferta resultaba más atractiva y, gracias a los resultados, pronto corrió la voz.
Incluso pude permitirme publicar un anuncio en el diario comarcal, lo que consolidó mi pequeña agencia.
Permanecí unos meses resolviendo todo tipo de encargos y el negocio prosperó.
Una tarde, me contactó una señora que solicitaba ayuda para encontrar a su marido, desaparecido desde hacía tres semanas.
Relató su historia con una mezcla de desesperación y esperanza: las autoridades no habían podido localizarlo y alegaban que probablemente había huido con alguna querida.
Para constatar la historia, acudí al domicilio del matrimonio en la calle Felipe II de la Maurina.
—¿Cómo se llama su marido? —pregunté desde el sofá de la clienta, sosteniendo una taza de café con un chorrito de brandy entre las manos.
—Alberto Morales, señor Andrés. ¡Es un trozo de pan!
La señora María parecía superar los cincuenta años, con mofletes regordetes y ojos azules vivarachos, aunque en aquel momento se encontraban vidriosos y opacados por la emoción. Sonrió con labios finos, intentando buscar consuelo en mí.
—¿Y dice que no sabe nada de él desde el pasado ocho de febrero?
—Sí, se marchó a trabajar de buena mañana, como siempre. Normalmente regresa directo a casa tras finalizar el jornal, pero a veces se detiene a tomarse una cerveza con los compañeros.
—¿Tiene constancia de que lo hizo ese día?
—No —repuso la clienta, llevándose una mano a los ojos llorosos—. Normalmente me telefonea para avisarme, pero ese día no lo hizo.