Lucidez Chapter 83
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Chapter 83

—Ni hablar —fue su única respuesta.

—Mira, Carlos, sé que no te he dado motivos para confiar en mí y después de…

—Después de matar a un hombre. Andrés, ¿has perdido el juicio? Si la policía te ve con un arma, irás derechito a la cárcel. Además, no la necesitas para ejercer de detective privado.

—Es solo por precaución. No pretendo ir por ahí con el arma desenfundada.

Carlos unió las manos sobre el regazo y cerró los ojos, pensativo. Luego suspiró y me observó con aquella mirada suya que años atrás me había inspirado respeto y autoridad.

—Hijo, nunca creí que fueras capaz de hacer lo que hiciste. De hecho, hubiera perdido una mano de habérmela apostado. ¿Cómo sé que no ocurrirá otra vez?

—Vamos hombre. Sabes perfectamente lo que pasó. Tú también pasaste por ello.

—Y aún así me contuve. ¿Acaso crees que no me planteé hacer lo mismo? Pero ahí reside la fortaleza de un hombre: en saber detener los impulsos más primitivos, por el bien de aquellos a los que quiere.

Suspiré. Carlos tenía razón, pero yo no era el mismo hombre de entonces ni estaba pasando por la misma situación.

—Mira, comprendo que no puedas fiarte de mí. Después de todo, rompí tu confianza y le hice daño a Anabel.

—Sí, sobre todo a ella.

—Vale, tienes razón. Pero sigo necesitando un arma. Sabes perfectamente que la gente es capaz de cualquier cosa, y este oficio no está exento de peligro. ¿Qué tal si un día alguien decide tomarse la justicia por su mano?

Mi suegro volvió a suspirar y sentí que cedía. Puso cara de resignación antes de fruncir el ceño.

—Digamos que hipotéticamente te doy un arma, una que no está registrada en ningún lugar, la cual conseguí de una entrega de contrabando mientras ejercía de comisario.

Hipotéticamente, jamás deberías desenfundarla a menos que tu vida esté en riesgo, y solamente por pura necesidad.

Por supuesto, si los agentes te encontraran con ella, jamás les dirías de dónde la has sacado.

—Sobra decir que esa hipotética arma no existe, y que hipotéticamente solo la utilizaría en casos de extrema gravedad en los que hipotéticamente mi vida estuviera en juego.

Ambos nos echamos a reír por lo absurdo de la situación, aliviando la tensión que flotaba entre nosotros.

El arma resultó ser un revólver Astra Serie 40 del calibre 45, un auténtico monstruo capaz de abrir un cráneo en dos como si fuera un melón.

Además del arma, Carlos me entregó dos cajas con hasta cuarenta proyectiles y me advirtió que abrir fuego contra alguien probablemente lo llevaría a una muerte instantánea, por lo que llegado el caso era preferible disparar a las piernas.

El revólver contaba con un tambor de seis espacios, por lo que una vez vaciado se debía recargar manualmente.

Carlos poseía una buena colección de cinturones para revolver, y elegí uno que además podía alojar hasta diez proyectiles extra.

Para ocultar el arma, me agencié una cazadora larga de color marrón,