Lucidez Chapter 82
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Chapter 82

—Hola —saludé dubitativo—. Em… me gustaría hablar con Carlos, por favor.

—¿De parte de quién?

—Alfonso —mentí—. Soy un viejo amigo.

—Sí, un momento, que lo aviso. —Sentí cómo Anabel se apartaba del aparato y, levantando la voz, dijo—: ¡Abu, te llaman por teléfono! —Esperó unos segundos y añadió—: Ya viene.

—Gracias.

Al cabo de unos instantes, sentí que alguien tomaba el auricular.

—Diga.

—Hola Carlos, soy Andrés.

—Ah, me estaba preguntando quien carajos era Alfonso.

—Ya.

Carlos guardó silencio antes de replicar:

—Un día tendrás que decirle la verdad, Andrés. ¿Por qué qué tienes tanto miedo?

—No estoy preparado aún. —Volvió a instaurarse un silencio incómodo—. Escucha,

¿querrías tomar un café? Tengo algo que pedirte.

—Claro, si quieres paso a buscarte.

—No te preocupes. Vuelvo a tener coche. Mejor si me acerco al barrio y nos tomamos algo en Cal Tiki.

—De acuerdo. ¿Nos vemos en una hora?

—Vale.

Colgué el teléfono, recogí la cazadora del perchero y me dirigí hacia la salida. El Kadett estaba estacionado en la calle Arquímedes, por lo que me demoré unos minutos. Una vez a bordo, cogí avenida arriba y me dirigí al barrio de San Lorenzo.

Aparqué en la calle Dr. Cistaré y me dirigí a Cal Tiki.

Al acercarme, lo vi sentado en la terraza con un humeante café con leche mientras mordisqueaba un croissant.

Al verme, saludó con la mano y le correspondí con una sonrisa.

Tomé asiento enfrente y de inmediato una camarera se acercó a preguntarme si deseaba algo.

Pedí un café solo y, mientras ella se alejaba, encendí un cigarro.

—¿Quieres? —pregunté, ofreciéndole la cajetilla a Carlos.

—No, gracias. Hace años que dejé de fumar. Y tú deberías hacer lo mismo.

—De algo tengo que morir —repliqué.

—Supongo que cumplirás tu deseo si sigues metiéndote ese veneno en el cuerpo.

Hice un ademán para quitarle importancia. Acto seguido, la camarera trajo el café y la observé mientras se alejaba, perdiéndose entre la clientela.

—Necesito pedirte algo importante, Carlos.

Puse al día a mi suegro y le conté que había montado una pequeña agencia, donde ejercía de detective.

—Mira, no es mala idea —reflexionó—. Al fin y al cabo, es lo que se te da bien.

—Sí, pero hay algo que necesito, y sé que tú me lo puedes conseguir.

—Tú dirás.

Bajé la voz y musité:

—Necesito un arma. —Carlos abrió los ojos, estupefacto—. No te la pediría si no lo viera estrictamente necesario.