Chapter 81
dedicaba a la venta de equipo de seguridad.
También hallé un par de publicaciones adicionales: una empresa llamada Rustic Resort , dedicada a reformar viviendas, y otra que se hacía llamar Desarrollos Aeronáuticos de Seguridad , que fabricaba equipo militar para el ejército.
Curiosamente, todas ellas contaban con cero trabajadores, y así era como el empresario blanqueaba el dinero que robaba a sus trabajadores, un entramado sutil pero meticulosamente planeado.
Me desplacé hasta la ciudad de Manresa, en el paseo de la República, donde se encontraba la oficina principal de la empresa.
Fingiendo ser un agente tributario, me presenté ante la secretaria para pedir explicaciones.
Por supuesto, el jefe, que se hacía llamar Isidro, no quiso recibirme, y me vi obligado a marcharme sin respuestas.
Sin embargo, estuve de suerte: tras cruzar el portal, un empleado que regresaba a entregar unas llaves me reconoció y se detuvo a hablar conmigo.
El susodicho lo soltó todo: cómo falsificaban los contratos y las nóminas, cómo manipulaban los albaranes de las horas e incluso usurpaban la identidad de los trabajadores copiando sus firmas.
Gracias a él, conseguí los teléfonos de varios empleados y, a lo largo de los días siguientes, reuní documentos de todo tipo que abarcaban varios años, suficiente material para presentar una denuncia formal.
Como se suele decir, bueno, bonito y barato; no resultó muy difícil preparar un proceso judicial en nombre de los trabajadores y encontrar un abogado laboralista codicioso que aceptara llevar el caso siempre y cuando percibiera el treinta por ciento del total de los beneficios que consiguieran los empleados.
Una vez encauzamos los pormenores, demandé mis honorarios, que ascendían a doscientas mil pesetas.
Jamás descubrí si los trabajadores consiguieron lo que perseguían, y en cualquier caso, el trabajo estaba hecho y había dado todo de mí, por lo que me sentí satisfecho.
Con el dinero fresco en el bolsillo, me permití el lujo de darme de alta como autónomo, declarando que la actividad a realizar era la de detective privado.
Ahora solo faltaba buscar un lugar donde atender a los clientes, así que busqué un piso en el centro de la ciudad y di con un particular que alquilaba un pequeño estudio al lado de los Cines Rambla: un primer piso con una sola habitación, un lavabo y un trastero diminuto.
El precio era elevado, pero de momento podía permitírmelo.
Coloqué una placa en el portal a pie de calle que rezaba « Andrés Pastor, Detective Profesional ».
Una vez firmado el contrato de alquiler y pagada la fianza de trescientas pesetas, hice instalar un despacho con un ordenador, que apenas sabía utilizar, un teléfono y una cama que ubiqué en el trastero, improvisando un rincón donde poder descansar sin ocupar espacio de trabajo.
Finalmente, busqué un automóvil que me permitiera moverme con libertad y descubrí que un vecino vendía su viejo Opel Kadett, un trasto más hierro que vehículo, con más kilómetros que los trenes de la Renfe, pero suficiente para darme la movilidad que necesitaba.
Una mañana telefoneé a Carlos para proponerle tomar un café y ponernos al día. Tras el cuarto tono, alguien descolgó el teléfono y dijo:
—Dígame.
Me quedé helado. La voz al otro lado de la línea era femenina y, al instante, supe con quién estaba hablando. Al no recibir respuesta, la interlocutora preguntó:
—¿Diga? ¿Quién es?