Lucidez Chapter 80
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Chapter 80

Si quería ejercer de detective privado, debía encontrar un lugar donde los clientes pudieran acudir a verme.

El problema era que en aquel entonces cobraba cuatrocientas pesetas gracias al paro, y con eso no daba ni para pipas.

Además, necesitaba un automóvil, ya que el transporte público limitaba mucho mi independencia, por no mencionar que no tenía forma de pagar la cuota de autónomos.

Por el momento, tocaba hacer de tripas corazón y avanzar como fuese necesario, incluso trabajar en negro si era preciso, como quien se enfrenta a un terreno minado con cuidado y paciencia.

Quién lo diría, pero mi primera oportunidad apareció hojeando un diario, en el que encontré un anunciante que buscaba un detective, y a pie de página estaba anotado un número de teléfono.

Sí, aún no estaba acreditado como detective, pero eso no era algo que el cliente tenía por qué saber, así que me puse en contacto con él y quedamos en el barrio de La Cogullada para tomar un tentempié.

Cogí el autocar de la línea dos y me apeé cerca del Doré.

Pregunté a una señora que sostenía una correa con un perro que más parecía una rata y muy amable ella, me dio indicaciones detalladas sobre cómo llegar.

Caminé avenida abajo hasta dar con la riera y la seguí hasta encontrar una serie de bloques de obra vista, con patios delanteros llenos de ropa tendida.

Allí busqué un bar llamado El Novo, donde me esperaba un señor bigotudo con una prominente panza.

Mientras nos tomábamos unos callos regados con una copa de vino, relató el asunto que quería que abordara.

Resultó ser un encargo relativamente sencillo, pero a todas luces implicaba una ilegalidad grave.

Por lo visto, trabajaba para una empresa de seguridad llamada Grup de Seguretat, dedicada a la vigilancia de establecimientos y parkings, que estafaba a sus propios trabajadores obligándolos a realizar más de doscientas horas al mes, y a los que solamente les pagaba la mitad.

—¿Y cómo es posible que los trabajadores consienten tal atropello? —pregunté.

—Porque se dedican a contratar a personas mayores de cincuenta años y a discapacitados; gente vulnerable que no encuentra otra cosa —explicó, encogiéndose de hombros—. Además, los amenazan con enviarlos a servicios que están lejos de casa si no cumplen con el cuadrante.

—Menudos hijos de puta. ¿Habéis acudido a un abogado o gestor?

El cliente bajó el bocado de callos con un largo trago de vino, dejando escapar un suspiro cargado de frustración.

—Sí, pero en cuanto empieza el procedimiento, los sobornan, y al final nunca llegamos a nada. Además, aquellos que se han atrevido a denunciarlo terminan en la calle, sin derecho a indemnización ni posibilidad de acogerse al paro.

—¿Y qué hay de los sindicatos?

El cliente bufó despectivamente antes de decir:

—¿Estás de broma?

Me puse manos a la obra y lo primero que hice fue investigar en la delegación del registro empresarial.

El cliente me había facilitado el nombre del dueño de la empresa, así que no fue difícil dar con los primeros indicios de ilegalidad.

El tipo tenía varias empresas fantasmas a su nombre, como una tal Military Security , que al parecer se