Lucidez Chapter 79
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Chapter 79

Ángela me acarició el hombro y procedió a sentarse en la mesa del comedor, provista con un grueso mantel y una estufa camilla de la que emanaba un calor acogedor.

Me dirigí a la cocina y hallé una tetera sobre el hornillo, aún caliente, y encontré el plato de galletas en el microondas.

La cocina olía a col y patata cocida, un aroma humilde que evocaba sentimientos de añoranza y confort.

Recogí dos tazas de la repisa y, cargado con la merienda, regresé al comedor.

Ángela me esperaba con las piernas cubiertas por el mantel, aún sonriente.

—¿Cuándo has salido de la cárcel?

—Hace unos días —repuse, tomando asiento y dejando que el calor mitigara un poco la tensión en mis hombros.

Procedí a servir el té y dispuse las tazas ante nosotros. Ángela tomó una galleta y la mordisqueó por la punta, evaluando mi expresión.

—¿Cuánto hace que no nos veíamos? ¿Diez años? —preguntó.

—Más de trece —corregí—. Fue poco después del intento del golpe de estado.

—Ah sí, en el ochenta y uno. Siento no haber podido ir a visitarte. Le hubiera pedido a Carlos que me llevara, pero tengo los tobillos fatal y ya no estoy para ciertas cosas,

¿sabes?

—No te preocupes. Sé de tus problemas de movilidad. Además, la cárcel no es lugar para una anciana.

—Oye, que no soy tan vieja —se indignó, acunando la taza entre las manos—. A todo esto, ¿a qué te dedicas ahora?

—Soy observador de techos y paredes —bromee.

—Ah, pensé que querrías trabajar de policía.

—No puedo. El juez revocó mi licencia y tengo terminantemente prohibido ejercer como agente y, por supuesto, tocar un arma de fuego —dije, sorbiendo el poleo menta y dejando que el calor bajara por la garganta—.

He estado pidiendo trabajo como oficial de textil, pero nadie quiere contratar a un exconvicto.

Tengo que encontrar algo, lo que sea. Tal vez pruebe en el sector de servicios.

Guardamos silencio unos segundos. Las sombras lanzadas por el televisor bailaron sobre la pared y Ángela me miró a los ojos con la astucia que siempre la caracterizó. Supe de inmediato que se le había ocurrido algo.

—Estuve hablando el otro día con una amiga, ¿sabes?

Por si aún no lo has notado, el mundo es ahora más inseguro —Rascó con la uña el dibujo floral de la taza, jugueteando con la idea—.

La pobre se quedó viuda, y justo cuando estaba fuera alguien entró en su casa, le robó todo y le vaciaron el piso de joyas.

Como la policía no pudo hacer nada, acabó contratando a un detective privado.

Y oye, le salió por un ojo de la cara, pero al final recuperó las joyas.

La observé un rato, evaluando la propuesta. La verdad es que los detectives privados no eran necesariamente policías, y el único requisito era pagar la cuota de autónomos.

—No es mala idea —aduje, dejando que la idea madurara en mi cabeza.

—Mira, como detective privado, puedes ayudar a resolver esos asuntos para los que la policía no tiene tiempo.

Además, eres el mejor en lo tuyo, y dudo que trabajar en una fábrica te haga más feliz que eso.

Por no hablar —añadió rozando la punta de los dedos en un gesto inequívoco de dinero— del pellizco que te llevarías.