Lucidez Chapter 78
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Chapter 78

silueta de lo que alguna vez fue una familia, hoy rota y fragmentada. Me senté sobre la esquina del escritorio, soplé para retirar el polvo y me quedé anonadado, contemplando la imagen como si buscara respuestas que no existían.

—No puedo vivir en esta casa —me dije en voz alta.

No me quedó más remedio que permanecer allí hasta que encontrara un lugar al que mudarme.

Aquel mismo día fui a comprar un colchón y lo arrinconé a un lado del comedor, donde dormiría eventualmente.

Desconocía qué había hecho Carlos con mi Sinca Mil, por lo que estaba desprovisto de vehículo propio.

Inspeccioné el barrio y encontré un bar familiar.

Allí pasé parte de la tarde, hojeando los diarios municipales y estudiando ofertas de trabajo, mientras el olor a café y pan recién hecho se mezclaba con los murmullos de los parroquianos.

En los días sucesivos planifiqué varias entrevistas de trabajo con el objetivo de conseguir un empleo en el sector textil.

Generalmente todo parecía marchar bien hasta que salía a relucir mi estancia en prisión, lo que nos conducía a una situación incómoda en la que el entrevistador relataba una lista de excusas para descartarme.

Admitámoslo: cualquier empresario con un mínimo de sensatez tendría sus reservas con alguien que ha permanecido veinte años entre rejas.

Una tarde decidí hacer una visita a mi antigua tutora, otrora una mujer vigorosa, con un genio atroz y más mala leche que cuerpo, pero con un corazón que no le cabía en el pecho.

De aquel carácter apenas quedaba una anciana con problemas de movilidad, que pasaba las tardes viendo telenovelas de dudosa calidad y que apenas podía cargar con un carrito del mercado y un bastón.

A las seis de la tarde, me apeé del autocar y me dirigí a la calle del Cavall Bernat, antigua avenida de Sant Pere.

Evadí unos críos que jugaban al balón, pisé la entradilla del portal y llamé al timbre.

Ángela tardó un par de minutos en abrir la puerta y, al hacerlo, me golpeó en la cara el calor y el aroma a hogar.

La observé desde el recibidor mientras su expresión se transformaba en asombro mezclado con alegría.

De fondo se escuchaba el televisor a todo volumen, y una luz tenue provenía del comedor, difuminando las sombras de los muebles.

—¡Por Dios bendito, Andrés! —exclamó, envolviéndome en un afectuoso abrazo.

A mi pesar, sentí el frágil cuerpo de Ángela bajo un grueso batín. Mi antigua tutora parecía haber menguado, tanto en altura como en anchura, y apenas se adivinaba en su mirada un atisbo de la mujer que una vez fue.

—Hola Ángela, me alegro mucho de verte.

—Y yo —dijo, con los ojos vidriosos y grisáceos, opacados por la edad—. Pero,

¿dónde están mis modales? ¡Pasa, pasa!

Ángela retrocedió con la ayuda de un tacataca y se dirigió hacia el comedor. Cerré la puerta y la seguí. Con un gesto hábil, redujo el volumen del televisor a cero y me ofreció su mejor sonrisa, un rostro anegado de arrugas y cariño.

—He preparado té, y tengo unas galletas de limón —ofreció—. ¿Por qué no te sientas conmigo y merendamos? Están en la cocina.

—Siéntate, iré a buscarlas —la apremié con un gesto.