Lucidez Chapter 77
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Chapter 77

donde antaño se había ubicado el orfanato y, en su lugar, vi que habían construido un colegio con fachadas modernas, un contraste doloroso con los recuerdos de mi infancia.

—¿Qué fue de de la plaza Almirante y del orfanato?

—Fue derruido hace quince años y construyeron ese colegio. Utilizaron la plaza para crear el patio de recreo —respondió Carlos—. Lo único que queda es el recuerdo que algunos guardamos.

Miré hacia atrás mientras avanzábamos y sentí una punzada de pena.

Aquel orfanato había formado parte de mí, y ahora cada ladrillo desaparecido parecía arrancarme un pedazo de alma.

Carlos giró a la izquierda en la siguiente intersección y, de pronto, la vi: mi casa, el hogar que abandoné el mismo día en que me dejé arrastrar por la venganza.

Los frenos chirriaron y el Golf se detuvo con un suspiro metálico.

Carlos pasó un brazo por encima del asiento del copiloto y me miró, con unos ojos que parecían leer toda la tristeza que llevaba dentro.

—¿Tienes algo de dinero para salir del paso?

—Sí —repuse, fijando la vista en la fachada oscurecida por el tiempo y el agua, cubierta de manchas y grietas—. Tengo seis meses de paro. No me pagan mucho, pero será suficiente mientras tanto.

—De acuerdo. Si necesitas algo, ya sabes dónde encontrarme.

Asentí y giré la manilla de la portezuela para apearme.

Carlos arrancó el automóvil y lo despedí con un ademán cargado de nostalgia.

Introduciendo las manos en los bolsillos de la cazadora, me dirigí a la puerta de entrada.

Carlos me había entregado las llaves, así que las utilicé para abrir.

Una bocanada de aire viciado me golpeó en la cara y entré en aquella casa sumida en recuerdos, cada rincón respirando el pasado que se había quedado atrapado entre paredes y muebles.

Accioné los plomos, pero la luz no funcionaba; supuse que la agencia había dejado de hacerse cargo en mi ausencia.

El suelo del recibidor estaba anegado de hojas que se habían filtrado por debajo de la puerta.

Avancé hasta el comedor y me detuve a contemplar las paredes, desconchadas por la humedad y cubiertas de manchas que contaban historias de abandono.

La ventana que daba al patio trasero estaba rota, y los cristales dispersos en el suelo brillaban débilmente, como diminutas heridas en el tiempo.

Alguien había entrado en la casa y dejado su firma en forma de graffiti sobre la pared más ancha.

La tele estaba completamente destrozada, y del sofá solo quedaba el esqueleto de madera, evocando fantasmas de una vida que ya no existía.

Subí las escaleras que conducían a las habitaciones y vi la puerta entreabierta del dormitorio.

La empujé suavemente y se abrió emitiendo un lamento largo y triste.

Los gamberros habían hecho estragos con el mobiliario; apenas se adivinaban los muelles del colchón, restos del somier y un cabecero convertido en una mesa improvisada.

Negando con la cabeza, regresé al pasillo y me dirigí al despacho.

No hubo puerta que abrir porque la habían arrancado de los goznes.

Sorprendentemente, divisé la botella de whisky que había estado consumiendo la fatídica noche en que cometí el peor acto de mi vida. Por supuesto, estaba vacía.

Encontré sobre la mesa los restos de un marco que contenía una foto donde posábamos Maribel, Anabel y yo. Estaba descolorida, pero aún podía distinguirse la