Chapter 76
Asentí. Carlos retomó la marcha cuando el semáforo se puso en verde. A pocos metros detecté la boca de entrada de los Ferrocarriles Catalanes, frente a una sala de juegos llamada New Park.
—¿A dónde te llevo? —preguntó mi suegro.
—A casa.
—Te aviso: vuestra casa lleva mucho tiempo deshabitada. Ángela se encargó de limpiarla mientras estabas en la cárcel, pero, como ya sabes, ha tenido problemas con la reuma y hace tiempo que no va. Yo no he vuelto allí desde la muerte de Maribel; sentía que el techo me caía encima.
—Comprendo. No te preocupes.
—¿Vas a vivir allí?
—Aún no lo tengo claro. Por el momento, quiero ver cómo están las cosas ahí fuera. Ahora mismo necesito ubicarme, respirar este aire extraño y encontrar un trabajo que me devuelva cierta normalidad.
Carlos me miró a través del espejo retrovisor con esa mirada penetrante que siempre parecía leerme el pensamiento, y luego viró hacia el barrio de San Lorenzo.
—¿Qué tienes pensado? —preguntó al cabo.
—Buscaré alguna fábrica textil, a ver si me quieren como oficial. Había pensado que podría vender la casa y darle la mitad a Anabel, aunque… —vacilé un momento— no estoy seguro de que sea tan sencillo.
—No va a ser tan fácil. Al morir Maribel, tu hija heredó la mitad de la casa. Si quisieras venderla, ella tendría que asistir a la compraventa para firmar ante notario. Ella cree que estás muerto, Andrés.
—Tienes razón, eso lo complica un poco.
Entre ambos se instaló un silencio cargado de pensamientos y recuerdos. Claramente nos encontrábamos pensando lo mismo cuando mi suegro añadió:
—Podrías decirle que estás vivo. De todas formas, lo acabará averiguando, tarde o temprano.
—Es mejor que las cosas sigan así, al menos por el momento.
—Ya tiene veintidós. ¿Quieres decir que no va siendo hora de decirle la verdad?
—Dame un respiro, ¿quieres? Acabo de salir de la cárcel. Deja que, al menos, ponga mi vida en orden antes de enfrentarme a algo así.
—Como quieras, pero deberías saber que ya es toda una mujer. De hecho, hace un tiempo que festeja con un chico.
—Algún día me pondrás al día. Por el momento me conformo con saber que está
bien.
Carlos manejó en dirección a lo que antaño había sido Bárbara Roich y tomó la antigua rambla, que ahora se llamaba calle San Lorenzo.
A ambos lados habían edificado una serie de pisos de color gris, sustituyendo las antiguas casas unifamiliares.
Sentí una punzada de tristeza al observar lo que años atrás había considerado mi pueblo y apenas logré reconocer algunos lugares por el esqueleto de lo que fue.
Los antiguos comercios habían desaparecido, los parques se habían convertido en espacios olvidados, y el aire mismo parecía diferente, pesado y extraño. Pasamos por delante del lugar