Lucidez Chapter 75
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Chapter 75

¿Habéis sentido alguna vez la extraña sensación de estar muertos y sin saberlo?

En mi ausencia, el mundo había seguido su curso y me había arrastrado hacia una realidad tan nueva como ajena.

Rara vez me había sentido tan insignificante y, al mismo tiempo, tan desorientado.

No reconocía las calles que en otro tiempo me fueron familiares; los lugares que creía recordar se habían desvanecido como si nunca hubieran pertenecido a mi pasado.

El peso del tiempo y el avance de una nueva civilización me habían desplazado hasta convertirme en un extraño incapaz de comprender el papel que debía ocupar.

Importaba poco quién hubiera sido antes ni las cosas que hubiera hecho: ya no formaba parte de aquel mundo, y me movía como un náufrago por la incomprensión ajena.

Carlos condujo el Volkswagen Golf por la nueva autovía rumbo a mi antiguo hogar.

Miré el horizonte y, en la lejanía, distinguí el municipio de Sabadell.

Unos kilómetros más allá apareció Terrassa, y fue entonces cuando mi suegro me informó de que Bárbara Roich había dejado de existir como tal: ahora formaba parte del barrio de San Lorenzo.

Perplejo, guardé silencio mientras me contaba que, un par de años después de su jubilación, la comisaría, que había sido mi lugar de trabajo, cerró definitivamente y que la Guardia Civil de Terrassa se hizo cargo de sus competencias.

En lo que respecta a la administración pública, el territorio edificado se incorporó al registro del nuevo ayuntamiento y no quedó rastro de la antigua.

—¿Y qué fue de los concejales imputados por corrupción?

—El procedimiento se archivó poco después de tu juicio. No hubo caso. Además, cuando el ayuntamiento de Terrassa absorbió Bárbara Roich, se desmanteló la estructura anterior. No quedó nada de aquello.

Vaya, pensé, al parecer el karma existe. Sentado en la parte trasera del coche, miré por la ventanilla y vi a lo lejos unas enormes torres de obra vista que se erguían bajo un cielo grisáceo, empañado por la polución.

—¿Qué es eso? —pregunté.

—Son los pisos de Can Jofresa, una monstruosidad que levantaron hace unos años. Salimos de la autovía y nos dirigimos hacia el centro, rumbo a la Rambla Egara.

Iniciamos el ascenso por el Doré; Carlos aminoró la marcha al compás de los semáforos.

Aproveché para observar a los transeúntes y contemplé una mezcla de personas de todas las edades que deambulaban por la avenida vestidas con atuendos que, para mí, resultaban cuanto menos singulares.

¿Dónde habían quedado los pantalones de pana, las camisas ajustadas o los mocasines?

En su lugar vi a muchachos enfundados en chándal y zapatillas deportivas, abrigos tipo anorak de corte militar o jerséis amplios combinados con pantalones y zapatillas de enormes proporciones.

Los peinados engominados habían desaparecido; ahora predominaban los cortes extremadamente cortos o el rapado casi total, como si prepararan filas para presentarse al servicio militar.

Me sentí completamente fuera de lugar, como un extranjero en territorio desconocido.

—La rambla ha cambiado mucho —comenté, observando escaparates y comercios

—. Incluso han abierto un restaurante chino.

—Tras la gran riada del sesenta y uno rehicieron toda la Rambla Egara desde cero.

Desde entonces no ha dejado de crecer.