Lucidez Chapter 74
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Chapter 74

Si me detengo a analizar cómo el encierro transformó mi autopercepción, me resulta curioso, porque siempre había escuchado a las personas mayores decir que con la edad uno se vuelve más tranquilo y reflexivo, aunque por dentro seguía sintiéndose jóvenes; que la imagen mental que tenían de sí mismos no difería demasiado de la que habían tenido de adolescentes.

Pero conmigo ocurrió todo lo contrario: sentí que envejecía mentalmente, que el desgaste emocional erosionaba mi empatía y reducía mi capacidad de solidaridad hacia los demás.

Por supuesto, también envejecí físicamente.

Tras pasar más de dieciocho años encerrado allí, perdí gran parte de mi forma física, aparecieron numerosas canas y fui testigo de cómo los años me devoraban la vitalidad.

De vez en cuando me detenía frente al espejo y me preguntaba si aquel reflejo era realmente yo o apenas un eco de lo que había sido.

En cuanto a mi pensamiento, logré integrar la filosofía estoica a mi modo de vivir, con lo que alcancé un mayor grado de autoconciencia y control emocional.

Aun así, la edad y el encierro me despojaron de la jovialidad, y aquellos largos años me convirtieron en alguien menos sociable, más reservado y distante en el trato con los demás.

Llevaba diecinueve años de condena cuando me notificaron que, tras la última revisión, habían decidido concederme el tercer grado y con ello disfrutar de ciertos privilegios, como poder residir en libertad durante las horas diurnas, aunque obligándome a regresar a la prisión por las noches.

Me negué rotundamente; no me sentía preparado para enfrentar un mundo exterior que, en mi ausencia, había cambiado de manera vertiginosa.

Había pasado tanto tiempo encerrado que aquel lugar se había convertido en mi mundo, en un espacio familiar del que dependía emocionalmente, y del que resultaba casi imposible despegarme.

No es que hubiera cultivado grandes amistades; de hecho, podía contarse por decenas los compañeros que habían pasado por mi celda, pero había aprendido a adaptarme a aquel entorno, y la perspectiva de salir me aterraba.

Me sentía como un animal que ha pasado toda su vida enjaulado y ahora quieren devolverlo a un hábitat despiadado.

—Eres libre —entonó Carlos, con la voz quebrada, cargada de emoción.