Chapter 73
—No —respondí con determinación—. No quiero que venga. Prefiero que no sepa lo que es su padre.
—Pero Andrés, no puedo mentirle...
—Sí, dile que su padre murió el mismo día que su madre —interrumpí, haciendo un ademán firme con la mano—.
Mira, entiendo tus intenciones, pero para cuando salga de aquí, ya será una mujer.
No quiero que me recuerde así —añadí, abarcando con un gesto toda la sala de visitas—.
¡Mírame, Carlos! Quiero que la mantengas lejos de todo esto. Te lo pido por favor.
Otra persona que me visitaba frecuentemente era mi antigua tutora, Ángela.
Aquella mujer, que otrora había simbolizado para mí fortaleza, autoridad y ternura, fue transformándose con el pasar de los años.
Con el tiempo, empezó a peinar canas, y la edad la alcanzó con lentitud inexorable.
Mis ojos contemplaron cómo se convertía en una anciana adorable, pero frágil, que poco a poco se encogía y marchitaba.
Su sonrisa, antes luminosa, se empezó a apagar y su rostro se arrugó como hojas al caer el otoño.
—Cada vez me cuesta más coger el autobús —dijo en una de sus visitas, nueve años después—. Me temo que pronto no podré venir.
—No hace falta que...
—¡No lo digas! —me interrumpió, con lágrimas acumuladas en las mejillas—. Mientras me queden fuerzas, vendré a verte. ¡Maldita sea, Andrés! Todos tenemos derecho a equivocarnos. Tú cometiste errores y estás pagando por ellos, pero eso no significa que debamos abandonarte.
—Gracias —musité, sin encontrar las palabras adecuadas.
—Hablemos de otras cosas. ¿Cómo te tratan últimamente? ¿Sigue doliéndote la pierna?
—Sólo cuando cambia el tiempo.
—Pero te he visto cojear más de lo habitual al entrar.
—Bueno, la pierna nunca volverá a ser la misma. Ya sabes cómo van estas cosas.
—Sí, las lesiones y la edad, hijo, que no perdona. El otro día mi amiga Manuela se rompió el fémur en una caída. Está hospitalizada y los médicos dicen que ha empezado a mostrar signos de demencia. ¿Puedes creerlo? Te rompes un hueso y pierdes la cabeza.
¡En qué mundo vivimos! Es de locos.
Las palabras de Ángela resultaron premonitorias, y un día simplemente dejó de venir.
Al principio sus ausencias fueron intermitentes, pero luego se volvieron definitivas.
Excepto por Carlos, que ya rondaba la jubilación, nadie más me visitaba, lo que no debería extrañar a nadie dado que era mi única familia.
Mi suegro me informó que Ángela sufría de reuma severa y apenas podía caminar.
No os voy a mentir; la eché mucho de menos durante aquellos años.
Por su parte, Carlos siempre encontraba tiempo para hablarme de Ángela, de su inteligencia, de cómo le gustaba escribir poesía y dibujar, y de cómo se parecía a su madre.
Poco a poco, mi niña se estaba transformando en mujer, aunque yo no era consciente de ello desde mi celda.
Cuánto lamentaba no poder verla crecer y desarrollarse en la vida.
En una de las muchas entrevistas anuales que se realizaban con los funcionarios de la junta de Tratamiento Penitenciario, se me comunicó que, gracias a mi buen comportamiento, se estaba considerando reducir mi pena en un futuro y concederme el tercer grado.
Sin embargo, pocos meses después de aquella noticia se produjo el intento del golpe de estado, el cual yo experimenté dentro de la cárcel, y el código penal sufrió numerosos cambios para adaptarse al nuevo modelo político del país, lo que provocó una paralización de todos los trámites burocráticos y la revisión se suspendió durante mucho más tiempo del que había previsto.