Lucidez Chapter 72
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Chapter 72

expuso los motivos por los que no era consciente de mis actos. Para reforzar su argumento, pidió el testimonio del comisario, quien administró al juez toda la información sobre las tragedias que ambos habíamos sufrido en los días previos al crimen..

El juez dictaminó un receso de una hora para almorzar mientras determinaba qué castigo recaería sobre mí.

Fui llevado a un pequeño despacho, maniatado con esposas, y maté el tiempo fumando cuanto pude.

Al cabo, nos llamaron para reanudar el proceso y, una vez todos los asistentes tomaron asiento, el juez resolvió:

—Tras los hechos expuestos, y atenidos a los conceptos del código penal y al poder que me ha sido otorgado por las cortes judiciales, condeno al señor Andrés Pastor a permanecer veintiséis años de prisión en el centro penitenciario Modelo por los cargos de asesinato en primer grado y allanamiento de morada.

Por supuesto, la licencia de policía queda completamente revocada y no podrá volver a ejercer jamás.

Créame usted, señor Andrés, que comprendo por lo que ha pasado y, por ello, desestimo los cargos de crimen con prevalicación y ensañamiento; el objetivo de su ingreso en prisión es la reinserción en la sociedad.

Sin embargo, será usted custodiado permanentemente, y cualquier infracción grave podría aumentar su condena —El señor juez se puso en pie y añadió—: Se levanta el acta. .

No recuerdo muy bien qué aconteció después.

Tengo ligeras reminiscencias de Ángela, con lágrimas en los ojos mientras me abrazaba con fuerza.

Mi suegro se acercó a consolarme, mostrando una sonrisa forzada que representaba todo menos felicidad.

Mi abogado, Alonso Gómez, intentaba construir un relato que me hiciera creer que había conseguido sonsacar un buen resultado.

—Tú pórtate bien y la condena se reducirá —concluyó mientras los policías me obligaban a abandonar el juzgado.

Vi por última vez la ciudad de Barcelona desde los ventanucos del furgón; edificios grises difuminados en un borrón vertiginoso en un día sombrío que a cada segundo me arrancaba un pedazo de alma.

Entonces no lo supe, pero aquellos instantes fueron el pináculo de unos años que se repetirían en sucesión, y de los cuales guardo el recuerdo como una letanía amarga y vacía, carente de sentido o propósito, que me conduciría a convertirme en el hombre pragmático que soy hoy.

Entré en el centro penitenciario el 13 de octubre de 1976, con apenas veinticuatro años.

No sabría muy bien cómo definir los años que pasé tras aquellos muros; básicamente, podrían resumirse en un cúmulo interminable de acciones repetidas una y otra vez, con pequeños cambios tan insignificantes que no lograban alterar la monotonía que se había instalado en mi vida como una astilla envenenada.

Gran parte de mis días transcurrían trabajando en el taller, rodeado del olor a tela, aceite y maquinaria.

La cárcel Modelo contaba con una biblioteca bastante completa, y hallé cierto consuelo en sumergirme en las grandes obras de los filósofos estoicos más reconocidos de la historia: Zénon de Citio, Lucio Anneo Séneca, Marco Aurelio y otros.

Descubrí un placer profundo en sus enseñanzas sobre el autocontrol emocional, la filosofía del autodominio, la naturaleza humana y la percepción de uno mismo.

¿Qué otra forma de sobrevivir a aquel encierro me quedaba sino controlando mis pensamientos y mis emociones?

Al fin y al cabo, el estoicismo debía convertirse en mi arma más poderosa.

Durante la primera década recibí regularmente las visitas de Carlos, quien, gracias a los servicios sociales, había obtenido la custodia de Ángela. Me mantenía informado sobre su vida, su crecimiento y cómo progresaba en la escuela primaria. En una ocasión me dijo:

—Pronto tendrá edad para venir a verte.