Lucidez Chapter 71
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Chapter 71

Metafóricamente hablando, aquello me golpeó como una patada directa en la cara.

En el mejor de los casos, me perdería toda la infancia de Anabel, su adolescencia y su tránsito a la adultez; en el peor, toda su vida.

Me maldije por todo lo que había hecho y me hundí aún más en el pozo en el que creía haber tocado fondo.

Pasadas las dos de la tarde, y tras comer en las dependencias principales con el resto de presos, me encerraron en la celda y aguardé a que cayera la noche, intentando perderme en el mundo de los sueños con la vana esperanza de que todo aquello no fuera más que una pesadilla.

Isaac ingresó en la celda antes del anochecer y dijo:

—Pronto te mandarán a trabajar. Créeme cuando te digo que te vendrá bien para distraer la mente y evadir los pensamientos.

—Dudo mucho que un trabajo consiga hacerme olvidar todo lo que he pasado últimamente.

El tipo me miró brevemente y luego saltó a la litera de arriba, la cual emitió un gruñido de muelles viejos. Sentí desde mi catre cómo se encendía un cigarro, y luego atestiguó:

—A veces, yo también tengo el demonio dentro.

—No sé si felicitarte o darte el pésame.

Mi compañero de celda tenía razón: el trabajo acabó siendo un alivio relativo.

Al día siguiente, dada mi experiencia en el sector textil, fui alistado para trabajar en la zona oeste del centro penitenciario, donde se ubicaba la sala de máquinas y un taller de confección con cuatro telares de lanzadera.

Allí se fabricaba y reparaba la vestimenta de los reclusos, así como uniformes policiales y del ejército español.

Admito que agradecí mantenerme ocupado; además, gracias al empleo percibía un sueldo que me permitía adquirir algunas cosas, como tabaco o utensilios de higiene personal.

Las visitas estaban restringidas a un día por semana, los jueves por la tarde, y el comisario acudía a verme siempre que podía, poniéndome al día con respecto al estado de Anabel, quien, al parecer, se encontraba completamente fuera de peligro y pronto recibiría el alta hospitalaria.

El abogado se reunía regularmente conmigo para planificar la estrategia del juicio, y pronto determinamos que utilizaríamos a Carlos como testigo y que presentaríamos el alegato por enajenación mental, cosa de la que mi suegro estaba completamente convencido.

—El día que nos notificaron de la probable muerte de Anabel, salió corriendo, fuera de sí —expuso en una reunión conjunta con el abogado—. No parecía él mismo.

Se determinó que el juicio se llevaría a término dos meses después de mi ingreso. Pasé aquel tiempo intentando distraerme, ya fuera trabajando o leyendo en la celda, dado que aún no tenía permiso para acceder a la sala de recreo o a las instalaciones exteriores.

Llegado el día, fui trasladado en furgón al Palacio de Justicia de Barcelona, donde se celebraría el juicio.

Los nervios me atenazaban y sentí cómo me flaqueaban las piernas mientras dos policías me escoltaban hasta la sala de actas.

Al llegar, dirigí la mirada hacia un costado y advertí a Ángela y a Carlos sentados en los banquillos; él sería llamado a declarar en el momento oportuno, cargando con la responsabilidad de testificar sobre todo lo ocurrido.

En un intercambio intenso de actuaciones por parte de los abogados acusador y defensor, se expusieron los hechos y finalmente ambos hicieron sus alegatos.

Tal como me había advertido Alonso Gómez, el representante de la justicia solicitó que se me imputaran los cargos por asesinato en primer grado, allanamiento de morada y crimen con prevalicación y ensañamiento.

Por su parte, mi abogado alegó enajenación mental y