Chapter 70
en Barcelona. Fui ingresado tras una inspección vergonzosa y, después de superar un extenso cuestionario destinado a evaluar mi nivel de psicopatía, me condujeron a una celda.
De pronto me encontré encerrado en un espacio reducido, apenas unos metros cuadrados, equipado con un váter, una litera de dos camas estrechas y un par de estanterías.
Pronto advertí que no estaba solo en mi aislamiento: me acompañaba otro preso llamado Isaac, un tipo menudo con una sonrisa nerviosa que me observó con simpatía.
La primera noche en la cárcel la pasé llorando, no por sufrir aquel destino, sino por comprender que iba a perderme la infancia de Anabel. A modo de consuelo, Isaac me ofreció un paquete de tabaco, que fumé de manera compulsiva para intentar neutralizar la ansiedad que me devoraba por dentro.
A la mañana siguiente fui conducido a una oficina, donde me explicaron el procedimiento carcelario: se me realizaría una evaluación para estimar mis aptitudes y destinarme a algún trabajo dentro del centro penitenciario.
El horario laboral dependería del oficio asignado.
También se me comunicó que, por el momento, no tendría acceso a las zonas recreativas —el patio, la sala de entretenimiento o la biblioteca— hasta que no se resolviera el proceso judicial, todo por precaución.
Pasé gran parte de la mañana entrevistándome con todo tipo de funcionarios: un psicólogo criminalista, un evaluador laboral y un abogado penal del Estado, asignado para representar mi caso en los tribunales, salvo que solicitara los servicios de otro.
—Con usted bastará —le respondí—. No creo que tenga sentido acudir a cualquier otro.
El hombre, que se llamaba Alonso Gómez, se cruzó de piernas y me ofreció su mejor sonrisa. Inmediatamente pensé que probablemente era la más falsa que había visto en toda mi vida. Desconozco su destreza profesional, pero no cabía duda de que si se dedicaba a defender criminales, apuntaba maneras.
—Mire, podemos alegar enajenación mental causada por el dolor sufrido tras la pérdida de su mujer y el estado crítico de su hija —propuso con tono calculador.
—Olvídelo, amigo.
—Permítame exponerle la situación —dijo, relamiéndose los labios, como si disfrutara con cada palabra—.
Usted ha cometido un crimen en primer grado.
Además, se suman a la causa el allanamiento de morada, crimen con prevalicación por su condición de policía, y ensañamiento con la víctima.
¿Entiende que le podrían caer más de cuarenta años de prisión?
Aquello me pilló por sorpresa. Era plenamente consciente de los actos que había cometido, pero tampoco deseaba pasarme tres cuartas partes de mi vida encerrado en una celda. Me removí inquieto en mi silla, y carraspee un par de veces.
—¿Y si me declaro culpable?
—Es que usted ya es culpable, señor Andrés —respondió el abogado, cruzando las manos y pronunciando cada palabra con una lentitud calculada, como si hablara con un niño—.
Este es uno de esos casos en los que el juez posee todas las pruebas: lo encontraron en la casa de la víctima, con el arma homicida, evidencias claras de lo ocurrido y el testimonio de la esposa del alcalde.
Ni siquiera su declaración de culpabilidad podrá restarle años de condena.
Las únicas opciones son alegar enajenación o enfermedad mental.
La segunda está completamente fuera de nuestro alcance; cualquier psiquiatra dirá que usted está en sus cabales.
—¿Puede usted reducir la condena si decimos que estaba trastornado?
—Si tiene algún testigo cercano que valide su estado emocional, sí. Al menos podríamos evitar que se le imputara el crimen de prevalicación y ensañamiento. Y si muestra buena conducta durante la condena, podría salir en unos veinte años.