Chapter 69
Esperé, conteniendo la respiración, a que se desencadenara el siguiente suceso; en mi mente anticipaba la llegada de la mafia para cobrarse la deuda escrita con sangre.
Sin embargo, en lugar de sicarios, escuché las sirenas de los coches patrulla acercándose.
Supuse que la esposa del alcalde había avisado a la policía, y que habían llegado antes que cualquier otro.
Me dije que no importaba, que de todas formas ya estaba condenado, y que daba igual si la muerte llegaba allí o en otro lugar.
Los policías irrumpieron en la casa con rapidez, algunos de ellos compañeros y conocidos de largo tiempo, incluso amigos.
Me redujeron sin violencia excesiva, pero con firmeza.
En sus miradas leí una mezcla de confusión, consternación y pena; parecía que algunos sufrían internamente por la obligación de detenerme.
Maniatado, me introdujeron en un coche patrulla con sumo cuidado, y pude percibir que para ellos aquella misión no era placentera, y que más de uno lidiaba con la culpa de arrestarme.
Pasé la noche en la comisaría, consciente de que cada minuto me acercaba a algún tipo de consecuencia por mis actos.
Compañeros merodeaban arriba y abajo, evitando el contacto visual directo, como si mirarme fuera un recordatorio de lo que había ocurrido.
Sobre las dos de la madrugada, una silueta se detuvo frente a los barrotes.
Levanté la mirada y vi a Carlos, su rostro descompuesto por la pena y lo que supuse era confusión.
Estoy seguro de que hasta ese momento no podía creer que yo fuera capaz de cometer semejante atrocidad.
—¿Pero qué has hecho, hijo? —preguntó, apretando los barrotes con tal fuerza que las manos le temblaron—. Por el amor de Dios, Andrés.
—Justicia —repuse con un tono cargado de ira contenida. Levanté la mirada y me mostré firme, aunque por dentro los nervios me estaban destrozando, zarandeando cada pensamiento.
—¿Has perdido el juicio o qué? Te has condenado por el resto de tu vida.
—Qué más da, Carlos. He perdido todo lo que quería. No me queda absolutamente nada.
—Te equivocas. —El comisario se llevó la mano a la frente y se frotó los ojos con cansancio acumulado—. Vengo del hospital. Anabel ha sobrevivido a la operación. El doctor dice que está fuera de peligro, al menos por el momento. Hace escasas horas ha salido del coma.
De pronto, un terror desconocido y difuso se apoderó de mí.
Había asumido que Anabel no sobreviviría a aquella noche; la noticia me golpeó con fuerza, y las emociones se arremolinaron dentro de mí, cambiando tan rápido que no lo vi venir.
Sentí un arrepentimiento tan profundo por lo que había hecho que me paralizó por un instante.
Me puse en pie, y casi trastabillé al avanzar hacia el comisario, incapaz de asimilar lo que acababa de escuchar.
—¿Cómo es eso posible? El doctor dijo que no pasaría de esta noche.
—No lo sé, hijo. Tal vez hayamos sido testigos de un milagro. Para el caso, da lo mismo. Mi nieta ha sobrevivido y todo indica que saldrá adelante.
Abrí la boca, incrédulo. Las emociones colisionaron en mi interior como trenes a toda velocidad y la ansiedad se apoderó de mí.
Retrocedí dos pasos y tomé asiento, incapaz de articular palabra.
Quise decir algo, pero me faltó el aire; por un lado, sentí una alegría inconmensurable, incluso dicha pura, pero por otro, comprendí con crudeza que acababa de cometer el peor error de mi vida.
—Has condenado a tu hija a vivir sin padre —sentenció Carlos con voz grave—. Bastante tenía ya con crecer sin su madre. Los cargos que pesan sobre ti son muy graves. Me temo que la condena será máxima.
No pasaron ni veinticuatro horas cuando me trasladaron al centro penitenciario Modelo,