Chapter 68
sudor. La nariz de Fernando sangraba profusamente; su tabique parecía roto y su rostro mostraba rojeces que con el tiempo se convertirían en hematomas morados.
Entonces, Fernando rompió a reír, una carcajada áspera y burlona. Me quedé estupefacto; aquel hombre no parecía sentir miedo, ni siquiera después de recibir semejante paliza. Carraspeó, escupió un gargajo sanguinolento y espumoso, y me miró, aun riendo:
—Ahora lo comprendo todo —dijo, apartando con un dedo la sangre de su ceja—.
Así que esto era lo que debía suceder. Este es el resultado: es usted. Debí imaginarlo.
—¿De qué carajos habla?
—Es usted un gilipollas —escupió apretando los dientes—. ¿Qué le ha prometido?
¿A cambio de qué ha vendido su alma? ¿Dinero? ¿Poder? Son todo promesas malditas.
Guardé silencio, incapaz de comprenderlo. Por un instante consideré si el alcalde no habría perdido la razón tras tantos golpes. Lo observé fijamente; sus ojos eran lúcidos, despiadadamente conscientes, como si midiera cada palabra. Solo cabía suponer que intentaba distraerme para sobrevivir.
Aprovechando mi distracción, Fernando se lanzó sobre mí.
Me atrapó la mano que sostenía la pistola y ambos caímos al suelo, provocando que el arma se deslizara a un par de metros.
Era más corpulento y pesado que yo, y logró inmovilizarme sobre el piso.
Forcejeamos, agarrándonos de los brazos, golpeándonos.
Sus manos alcanzaron mi cuello y empezó a apretar.
Intenté liberarme y arañé su rostro; sentí la sangre caliente resbalando por mis uñas.
Finalmente logré desgarrarle uno de sus ojos.
Fernando gritó de dolor y aflojó; apartó la cabeza y aproveché para empujarlo con la pierna.
Me arrastré hacia la pistola. Fernando se lanzó de nuevo hacia mí, pero ya era tarde; la había recogido y levanté la Glock.
Su mano intentó aferrarse al cañón y apreté el gatillo.
Sentí el retroceso brutal y un estampido ensordecedor.
La mano de Fernando estalló en una masa desfigurada; fragmentos de hueso, cartílago y carne salieron disparados y se incrustaron en la pared.
Se llevó la otra mano a la herida, mientras un sonido ahogado de dolor escapaba de su garganta.
Desde otra habitación, la mujer gritó su nombre con desesperación.
—¡No! —gritó a su vez Fernando—. ¡No vengas!
Me puse en pie y contemplé cómo mi adversario intentaba alejarse de mí a rastras, su rostro desfigurado por el dolor, una mueca de agonía grabada en cada músculo. Di un paso firme hacia él, levanté la pistola y apunté directamente a la cabeza.
—No lo haga, por favor —imploró, levantando una mano—, por mi hijo...
Disparé. El impacto en la frente fue fulminante; el cuerpo cayó sobre el suelo, sin señales de vida. Apunté nuevamente y disparé dos veces más, a la altura de donde creía estaba el corazón. El olor a pólvora penetró en mi nariz, y enseguida sentí que me pitaban los oídos por el estruendo.
La mujer de Fernando irrumpió en la habitación, llorando desconsoladamente, y se postró sobre el cuerpo inerte, abrazándolo con desesperación.
Me senté sobre la cama, la pistola entre las manos, temblando por la adrenalina y la tensión que me recorría cada músculo.
Froté dos de mis dedos sobre mis ojos, intentando despejar la visión empañada.
Marta me miró, las mejillas anegadas de lágrimas, y pronunció con voz rota:
—¡Monstruo! ¡El diablo se te llevará por esto!