Lucidez Chapter 67
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Chapter 67

—¡He dicho que llame a alguien para que saque al niño de aquí, coño! —repetí con fiereza.

El alcalde asomó la cabeza por el marco de la puerta y llamó a una mujer por el nombre de Marta. Era baja, con la cara descompuesta por el miedo; entró en la habitación, se acercó al niño y lo tomó con cuidado por los hombros.

—Despacio y con cuidado —les advertí, sin apartar la pistola del alcalde. Antes de abandonar la estancia, la mujer se detuvo junto al hombre y musitó:

—Fernando, por favor...

—No va a pasar nada. Venga, llévate a Cristian a la otra habitación. Este caballero y yo vamos a mantener una conversación.

Una vez que ambos dejaron el dormitorio, Fernando cerró la puerta con suavidad y se volvió hacia mí.

—No sé quién coño es usted, pero le ruego que no haga daño a mi familia.

—Descuide —repuse con una mueca burlona—. Es a usted a quien quiero, asesino hijo de puta.

Di un paso al frente y le encañoné la frente, apretando la punta de la pistola.

Fernando sostuvo la presión e incluso empujó con la cabeza.

—No tienes huevos, cabrón —escupió.

Como respuesta, le propiné un fuerte culatazo en el costado de la cara. Fernando se llevó la mano al ojo y, al separarla, vio cómo la sangre brotaba de la ceja; varias gotas resbalaron por su mejilla. .

—Ya no tengo nada que perder, pedazo de mierda —le advertí—. Así que ándese con ojo con lo que dice.

Hice un gesto con la cabeza, señalando la cama.

Fernando caminó lentamente, con la evidente intención de provocarme.

Le propiné una patada en la espalda que le hizo trastabillar y, tras recuperar el equilibrio, se sentó.

Miré a mi derecha, ubiqué un pequeño escritorio con su silla, que arrastré frente al alcalde y me senté, sin bajar la pistola.

—He venido a hacer justicia, ya que usted controla el sistema judicial —expliqué.

—¿Quién demonios es usted?

—Mi nombre es Andrés Pastor.

—¡Ah! —exclamó Fernando, sorprendido—. Es usted el policía que me denunció.

—Inspector —corregí.

—Policía, inspector o lo que sea. ¿Qué coño hace en mi casa? Está usted jugando con fuego

—¡Mandó matarme y asesinó a mi familia, pedazo de cabrón!

—Con la mano izquierda le abofeteé. Fernando se cubrió el rostro y le obligué a mirarme mientras le apuntaba con la Glock—.

¡Maribel Benavidez, Anabel Pastor! ¿Le suenan de algo?

Alonso Fernández. ¡Son sus víctimas, mal nacido!

¡Usted las mandó matar! ¿Qué ha hecho con el inspector Pedro? ¡Responda!

Empecé a golpearle con todas mis fuerzas.

Fernando se encogió, cubriéndose con los brazos, pero los golpes le llegaban por todas partes.

Desaté toda mi rabia: puñetazos, culatazos, rodillazos, patadas en el costado del vientre…

solo me detuve cuando me faltó el aire. Retrocedí unos pasos y pasé el dorso de la mano por mi frente para secar el