Lucidez Chapter 66
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Chapter 66

lamentos sordos mientras sentía cómo flaqueaban las fuerzas de la pierna herida.

El dolor me produjo un mareo, o tal vez fuera el estado de embriaguez.

Me agarré con fuerza y apoyé ambos pies en paralelo sobre la cañería.

Alcancé el alféizar con la mano izquierda y luego con la derecha, y me aupé lo suficiente para echar un vistazo.

Dentro, solo distinguí una habitación a oscuras y, a duras penas, la silueta de un armario en la pared frontal, junto a lo que parecía una puerta.

Intenté forzar la ventana con la punta de los dedos, pero estaba cerrada a cal y canto.

Llevé la mano derecha al cinto y saqué la pistola.

Pensé que el ruido probablemente alertaría a los ocupantes, pero no se me ocurría otro modo de entrar, así que golpeé el cristal con la culata, sosteniendo la Glock por el cañón.

El vidrio se resquebrajó y emitió un fuerte estallido.

Guardé la pistola e introduje la mano en busca de la manilla, tanteando a ciegas.

Sentí algo frío rasgando mi antebrazo acompañado de un dolor intenso.

Ignoré la sensación hasta que finalmente dí con la manilla y la giré.

El ventanuco se abrió hacia adentro y me aupé para entrar.

Salté con ambos pies, sintiendo cómo la cañería cedía bajo ellos, cayendo al patio y estrellándose contra el suelo mientras se hacía añicos.

Convencido de que mi presencia no había pasado desapercibida, logré entrar en la casa.

Una vez dentro, sentí los cristales rotos bajo mis pies, resquebrajándose.

A mi izquierda percibí un objeto y, entre las sombras, distinguí lo que parecía una cama.

De pronto, se abrió una puerta y alguien encendió la luz.

Entrecerré los ojos y llevé la mano al cinto para recuperar la pistola.

Mientras me acostumbraba al brillo de la bombilla, alcé el arma y apunté a la figura que acababa de aparecer.

Se trataba de un hombre corpulento, de unos cuarenta años, vestido con un pijama oscuro.

En microsegundos analicé la situación y lo que me rodeaba, y me percaté de que me encontraba en la habitación de un niño, que me observaba desde la cama con los ojos muy abiertos.

Mi percepción del tiempo se detuvo; mi mente intentaba estudiar la situación lo más rápido posible, pero había demasiados elementos a considerar.

Por primera vez noté la herida en el brazo causada por un cristal roto: un tajo por el que emanaba sangre, deslizándose codo abajo hasta la mano y la pistola.

Una gota cayó desde el cañón hasta el suelo, seguida de otra.

La adrenalina recorría mis venas y sentí el corazón desbocado.

Por el rabillo del ojo volví a ver al niño y una parte de mí retrocedió años atrás, recordando el día en que mis padres fueron asesinados.

Maldije por lo bajo; no quería convertirme en la pesadilla de aquel crío, así que busqué la manera de solucionarlo.

El hombre de la puerta comenzó a moverse, y centré de nuevo mi atención en él.

Ambos empezamos a gritar al mismo tiempo.

—¡No se mueva! —proferí.

—¿Quién coño es usted y qué hace en mi casa? —El alcalde de Bárbara Roich dio un paso al frente—. ¿Usted sabe dónde se está metiendo?

—He dicho que no se mueva, joder. —Afiancé la Glock con ambas manos hasta que se me pusieron los nudillos blancos y arrastré los pies unos centímetros hacia delante—. Haga que alguien se lleve al niño.

—Se está metiendo en un lío del que no va a poder salir.