Lucidez Chapter 65
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Chapter 65

parte de la tarde, maldiciendo mi suerte, mi destino y a las personas que me habían arrastrado hasta aquel infierno.

Al cabo de un rato, sin saber cómo, mis pasos me llevaron hasta el barrio donde vivíamos.

A dos manzanas de casa me detuve frente a la licorería y entré decidido.

Compré una botella de White Label. El dueño, un hombre de origen alemán al que todo el mundo llamaba “el ruso” por su aspecto caucásico, se interesó por la salud de Anabel.

Como única respuesta le ofrecí una mirada cargada de odio y rencor, y comprendió al instante que era mejor no insistir.

Con la botella bajo el brazo, continué mi camino hacia casa.

Una gota resbaló botella abajo hasta morir sobre la mesa del despacho.

La silueta deforme de un hombre invadido por la rabia ondulaba en un frágil reflejo proyectado sobre el vaso de whisky.

Fuera, la noche devoraba las luces y los fanales lanzaban sombras dentadas.

El rocío caía sobre el asfalto y la acera, así como sobre los vehículos estacionados en batería.

Por cuarta vez me llevé el vaso a los labios y bebí un trago.

El alcohol hacía bastante rato que me había nublado los sentidos, pero, en ningún caso, logró acallar la voz interna que mascullaba injurias contra mis enemigos.

Una y otra vez, la misma idea se imponía en mi cabeza: si eliminaba a la persona responsable de mi dolor, quizá lograse alcanzar algo de paz.

Di media vuelta y recorrí la habitación por enésima vez.

Levanté la mano y fijé la vista en la pistola de nueve milímetros, la Glock que el comisario me había entregado con tanto orgullo el día que me nombró inspector.

Puse y quité el seguro varias veces, de forma reiterada, y confirmé que había una bala en la recámara.

Como ya había hecho en hasta tres ocasiones, me llevé el cañón de la pistola a la boca, lo apreté contra mi garganta y, acto seguido, me acobardé y lo aparté, dejando restos de saliva.

Me dejé caer en la butaca y me llevé las manos a la cabeza, maldiciendo en voz alta.

Un pensamiento de venganza comenzó a formarse en mi interior y, de nuevo, me pregunté por qué debía ser yo quien muriera, cuando otros eran los causantes de mi desgracia.

En esta ocasión, aquel pensamiento se abrió paso con más fuerza y se aferró con tal vehemencia a la razón que no logré encontrar otra lógica; ahora sabía con certeza lo que debía hacer.

Apuré lo que quedaba del whisky de un solo trago y comencé a rebuscar entre la pila de papeles que había diseminados sobre la mesa.

Busqué una información muy específica y, en cuanto di con ella, me enfundé la pistola al cinto y me encaminé hacia la calle.

El reloj marcaba las once menos cuarto de la noche.

Miré a lo lejos y divisé un valle de sombras entre las casas colindantes de la urbanización.

Frente a mí, adiviné a ver la silueta de un caserón y las dos farolas que iluminaban una fachada salpicada de reflejos.

Más allá, se apreciaba el corte de la montaña de San Lorenzo bajo un manto estelar atravesado por nubes.

Al alzar la vista, distinguí dos ventanas iluminadas en el primer piso.

Mascullé una maldición; ambas estaban cerradas.

Di la vuelta a la casa y opté por subir por una cañería que zigzagueaba y que me permitiría acceder a uno de los ventanucos laterales. Empecé el ascenso, emitiendo