Lucidez Chapter 64
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Chapter 64

Es curioso cómo funciona la mente humana: hay días en los que los peores momentos de tu vida se presentan con una nitidez insoportable, y otros en los que parecen difuminarse, como si la memoria se tomara la licencia de ser selectiva.

Sin embargo, yo conservo ciertos recuerdos que permanecen tan vivos como la primera vez que los experimenté, y me acompañan día tras día, como brasas que nunca terminan de apagarse.

Lo que estoy a punto de relatar no es necesariamente el recuerdo más terrible ni el más traumático de todos, pero sí es el instante en que sentí que perdía lo último que me quedaba de humanidad.

Era un miércoles por la mañana. Estaba sentado junto a Anabel y, por un instante, sentí paz en su presencia; ella era el único puente que me mantenía unido a Maribel.

De pronto, una de las máquinas lanzó una alarma aguda, arrancándome de aquel frágil remanso.

Sin aviso, un grupo de enfermeras irrumpió en la habitación como una avalancha, dando órdenes a voces.

Sobresaltado, me puse en pie, impulsado por la urgencia, tratando de entender lo que sucedía.

—¡Preparad el décimo tercer quirógrafo! —alcancé a escuchar entre aquel coro frenético.

—¡Que alguien me explique qué ocurre! —grité, intentando hacerme oír entre el bullicio.

Una enfermera se aproximó y me sujetó firmemente por los hombros.

—Señor, su hija sufre un fallo epático y debe ser operada de urgencias. Usted debe permanecer aquí.

Mis pies se anclaron al suelo como si hubieran echado raíces.

Con los ojos fijos, contemplé cómo arrastraban la pequeña camilla de Anabel, rodeada por la maraña de cables, tubos y aparatos que hasta ese momento la habían mantenido con vida.

Vi cómo la comitiva giraba la esquina del pasillo y, en ese instante, sentí que mi cuerpo entero se convertía en mármol: frío, rígido, inerte.

Las horas comenzaron a transcurrir con una lentitud insoportable y el médico seguía sin aparecer.

Perdí la cuenta de las veces que recorrí de un lado a otro el pasillo de la sala de espera, cojeando con cada paso, casi arrastrando el pie, como si el dolor físico se sumara al que me taladraba por dentro.

A mi lado, el comisario aguardaba recostado en una de aquellas incómodas sillas de plástico, las piernas cruzadas, amasándose la frente con insistencia, como si buscara calmar la tormenta de pensamientos que lo acosaban.

—Vamos, hijo, seguro que todo sale bien —me dijo en más de una ocasión. En mi opinión, lo repetía más para convencerse a sí mismo que para tranquilizarme a mí.

Finalmente, después de lo que para mí fue una eternidad, el médico apareció y se nos acercó con gesto grave.

—Por el momento se encuentra estable. Sin embargo, debido a los daños internos, el hígado podría fallarle de nuevo en cualquier momento. Sé que lo que voy a decir es muy duro de asumir, pero cuanto antes lo acepten, mejor: es muy probable que Anabel no sobreviva a esta noche.

La noticia me golpeó como un puñetazo seco en el estómago, dejándome sin aire.

Sin pronunciar palabra, me di media vuelta y me encaminé hacia la salida, cojeando con torpeza.

Escuché a Carlos gritar mi nombre y añadir algo más, pero sus palabras quedaron ahogadas en mi mente, incapaz ya de atenderlas. Caminé sin rumbo durante