Lucidez Chapter 63
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Chapter 63

solo para comprobar, con el corazón cada vez más encogido, que no mostraba la más mínima mejoría.

Una tarde de domingo, mientras estaba en casa, el repiqueteo nervioso de unos nudillos contra la puerta me sacó del sopor.

Al abrir, me encontré con Ángela, visiblemente molesta, y con esa mirada recriminadora que solo una madre sabe desplegar cuando un hijo necesita una buena reprimenda.

Apenas había comenzado a darle la bienvenida cuando, con la determinación de un vendaval, se abrió paso en la casa y se dirigió directamente al comedor.

—¡Por Dios, Andrés, aquí huele a león enjaulado! —exclamó, mirando a su alrededor con gesto de espanto a aquella vivienda sumida en la penumbra durante demasiado tiempo—. ¡Esto está hecho un vertedero!

—Ángela, este no es un buen...

Ella me interrumpió con un ademán colérico.

—¿Hasta cuándo piensas seguir compadeciéndote de ti mismo?

Escúchame: sé que atraviesas un momento terrible.

¿Y quién no estaría destrozado en tu lugar?

Pero una cosa es llorar la pérdida, hacer el duelo y guardar luto…

y otra muy distinta es entregarse, dejarse arrastrar así y permitir que la mugre te cubra de pies a cabeza. ¡Esto no es vivir, hijo!

No tuve otra opción que bajar la mirada y asentir en silencio, soportando el chaparrón.

Sabía que Ángela hablaba movida por un cariño genuino, pero no tenía ánimos para escucharla, no aquella vez.

Fingí estar de acuerdo con una sonrisa apagada, aunque por dentro mis demonios seguían librando su propia guerra y pugnaban por tomar el control.

Con paso firme, la mujer avanzó hasta la corredera del balcón y, de un tirón brusco, descorrió las cortinas.

La luz entró y me golpeó los ojos, obligándome a entrecerrarlos para adaptarme al resplandor.

Sin perder tiempo, recogió de la mesa un cenicero repleto de colillas, que ya comenzaban a desbordar, junto con una pila de platos sucios que desprendían un olor rancio.

—Por todos los santos, Andrés. ¡Hay mierda para dar y vender! Me sorprende que no hayas cogido una salmonela o algo peor.

—No hace falta que rec...

—¡Tú chitón, y a la ducha! Hueles a sobaco rancio, y estás hecho un pordiosero, así que haz el favor de arreglarte esa barba.

No encontré la menor posibilidad de negarme, así que me encaminé sin demora hacia el cuarto de baño.

Me detuve frente al espejo y examiné el rostro que me devolvía la mirada.

Bajo los ojos se marcaban profundas ojeras oscuras, y descubrí nuevas arrugas en la frente, así como varias canas dispersas en la barba y el cabello.

Parecía que en cuestión de semanas alguien me hubiera echado encima una década.

Quizá lograra engañar a Ángela con una sonrisa forzada, pero a mí no.

Lo que vi en aquel reflejo era la expresión endurecida y resentida de alguien que siente que ya tiene poco que perder.

Me acerqué un poco más al cristal y, debo admitirlo, hubo algo en esa mirada que me gustó.

—¿Quién eres tú? —le pregunté a la persona que creía ser yo.