Lucidez Chapter 62
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Chapter 62

—Dos fantasmas del pasado —respondí.

—Por su tono, juraría que no son precisamente estos fantasmas los que lo atormentan.

—No necesito de ninguno para vivir atormentado.

—Ah —murmuró, como si hubiera leído mis pensamientos—. No hay que temerle a los muertos. Son los vivos los que resultan más mezquinos.

—Y peligrosos —añadí.

Don Francisco asintió sin dejar de sonreír. Hay gestos que no engañan: una sonrisa auténtica siempre llega a los ojos. En la suya, los labios sonreían, pero la mirada permanecía fría, impasible, tan distante como la de un cadáver.

—La ley natural debería regir nuestro comportamiento —dijo de pronto, con voz serena y un brillo extraño en los ojos.

—¿Qué quiere decir?

—Que responder a quienes nos dañan debería ser ley de vida —replicó, acercándose un poco más—.

¿Acaso un animal es culpable por defenderse de su agresor?

Vivimos tiempos extraños, donde protegerse se percibe como un crimen.

El derecho a vivir debe prevalecer sobre la agresión.

Ningún hombre está por encima de la palabra de Dios.

Samuel, versículo treinta y uno, uno: “Él guarda los pies de sus santos, mas los malvados son acallados en tinieblas, pues la fuerza ha de prevalecer en el hombre.”

Cada frase se me clavaba como hierro candente, y sentí cómo un veneno silencioso se extendía por mi cuerpo. Mis manos sudaban y un nudo se formó en la garganta. Por un instante, juraría que la sombra que proyectaba se alargaba y se retorcía de un modo imposible.

—No deje sin castigo a quienes le arrebataron lo que más amaba —añadió, tomándome de las manos. Sentí su piel fría como el hielo y su mirada me perforó hasta el alma —. Reclame lo que le pertenece. Haga justicia en nombre de quienes lo merecen.

Retrocedí dos pasos, soltándome de golpe. Francisco seguía sonriendo, paciente como un chacal, y sus ojos reflejaban una oscuridad que no sabía describir.

—¿Quién es usted? —logré preguntar finalmente.

—Sólo un viejo amigo de la familia.

Sin esperar respuesta, se dio media vuelta y comenzó a alejarse por el pasillo.

No sabría decir si mis recuerdos me traicionan o si era una distorsión nacida de las secuelas del trauma, pero juraría haber visto cómo su figura se desvanecía envuelta en una espesa neblina gris que se retorcía con movimientos sinuosos, exhalando un murmullo semejante a un suspiro.

La sensación de irrealidad me dejó paralizado, y un escalofrío recorrió mi espalda mientras el silencio se cerraba tras él, como si algo mucho más oscuro que la muerte acabara de atravesar el cementerio.

Pasaron unas semanas en las que el tiempo dejó de ser una realidad tangible para convertirse en un concepto abstracto, una bruma en la que me perdía cada día.

Más allá de escuchar la radio sin prestar atención y de quedarme absorto contemplando el vacío de la pared de mi estudio, apenas hice nada.

El médico de cabecera me extendió la baja laboral por más de seis meses, el tiempo que consideró necesario para que pudiera volver a caminar con cierta soltura.

Cada dos días acudía al hospital a visitar a Anabel,