Chapter 61
oscuridad en que sepultaron a mis padres, y desde aquel día no había vuelto a cruzar sus pasillos.
La parte frontal estaba adornada con una vidriera cuyo brillo original empezaba a apagarse, como si la intemperie se empeñara en borrar su memoria.
El mármol, de un verde aceituna veteado, mostraba un delicado motivo floral que el tiempo había ido desgastando, y sobre uno de sus costados descansaba una corona de crisantemos blancos, aún entrelazados en su forma perfecta.
Pero los días habían hecho mella: los pétalos, antes tersos y luminosos, se encogían ahora, marchitos, aferrados a tallos grises que parecían quebrarse al menor soplo de viento.
Me llevé dos dedos a los labios y los apoyé contra la vidriera, que devolvió un beso frío y mordaz.
Intenté resistirme, pero las lágrimas me brotaron sin remedio.
Se me hacía inconcebible aceptar que Maribel yacía allí, encerrada entre muros de hormigón, rodeada de centenares de almas silenciosas que compartían su soledad.
Al cabo de un rato, sentí que el nudo de dolor que me atenazaba el estómago se aflojaba apenas, y decidí encaminarme hacia el sepulcro de mis padres.
No sabría explicar cómo, pero mis pasos encontraron el camino de memoria.
Me detuve ante sus tumbas y las contemplé, sin poder discernir si lo hacía con pena o con nostalgia.
¿Será así como cura el tiempo las heridas, adormeciendo el dolor hasta hacerlo insensible?
—Uno no sabe si tenerles lástima o envidia, ¿verdad? —dijo una voz masculina a mis espaldas, quebrando el silencio.
—¿Disculpe? —respondí, girándome al instante.
Frente a mí, distinguí a un hombre vestido con un impecable traje gris, de porte muy apuesto.
Permanecía quieto, contemplando la interminable hilera de sepulcros que se perdían hasta desvanecerse al final del pasillo.
Al percatarse de mi presencia, giró con calma y me ofreció una sonrisa.
Resultaba difícil precisar su edad: podía tener desde treinta hasta cincuenta años.
—Discúlpeme si lo he sobresaltado. —Avanzó un paso hacia mí y me tendió la mano. Acepté el gesto y la estrechamos. Era bastante más alto que yo y su aspecto pulcro contrastaba con mi indumentaria, todavía marcada por la convalecencia—. Oh, qué descortés por mi parte. Me llamo Francisco Sánchez.
—Andrés Pastor, para servirle.
—Un placer conocerle, don Andrés.
—El placer es mío.
Francisco asintió, sonriendo con una expresión que la barba rasurada apenas lograba suavizar. Por un instante tuve la sensación de estar ante un depredador que juega con su presa antes de devorarla.
—¿Qué lo trae a este lugar tan inhóspito? —preguntó sin apartar los ojos de los míos.