Chapter 60
El médico ya nos había advertido de que el estado de Anabel era crítico y que, en circunstancias normales, probablemente no saldría del coma.
El pronóstico era demoledor, y a ratos me parecía que el agujero en el que estaba no tenía fondo.
Sé por experiencia que alcanzar su parte más oscura es arduo, pero también que uno puede seguir cavando, hundiéndose más, mientras la mente busca con desesperación pensamientos que la destruyan.
Al cabo de unos días volvió a visitarme Carlos.
Tal vez por la experiencia adquirida a su lado durante tantos años, reconocí de inmediato la preocupación en su rostro.
El comisario, maestro en mantener la formalidad, mostraba esta vez más consternación de lo habitual, una pequeña grieta en la coraza que siempre lo caracterizaba.
—Escúpalo de una vez —exigí.
Mi suegro continuó empujando la silla de ruedas pasillo adelante, conmigo encima.
—No sé de qué me hablas.
—Vamos hombre. Lo conozco como si lo hubiera parido.
Carlos emitió un gruñido que sonó más a asentimiento que a acuerdo.
Giré la cabeza para mirarlo y me pareció distante, perdido en un pensamiento que lo arrastraba lejos de aquel lugar.
Tras unos segundos, sus ojos se fijaron en los míos e intentó dibujar una sonrisa; frágil, efímera, que se desvaneció en menos de un parpadeo.
—Deberías concentrarte en tu pronta recuperación en lugar de distraerte con tonterías.
—Como si pudiera hacer algo al respecto —repliqué—. Déjese de cuentos chinos y suéltelo ya.
—Está bien —accedió a regañadientes—. El inspector Pedro ha desaparecido.
—¿Qué?
—Hace dos días avisó a la central que se dirigía a Rubí para interrogar a un posible testigo.
No sabemos ni cómo ni cuándo, pero simplemente desapareció.
Tengo a medio departamento trabajando en ello: reconstruyendo sus pasos, revisando llamadas, hablando con los últimos que lo vieron.
Es como si la tierra se lo hubiera tragado.
—Esto no puede estar pasando —susurré, más para mí que para el comisario, sintiendo un nudo en el estómago.
—Tranquilo, aparecerá en algún momento... Tal vez se fue de farra una noche y se le fue la mano con las copas, o…
—Los dos sabemos lo que ha pasado, no finja. Estoy seguro de que aparecerá, pero tirado en algún contenedor o flotando en las aguas de la riera de las arenas.
—Eso no lo sabes, hijo. No respondí.
Permanecí hospitalizado un tiempo y, cuando el doctor determinó que ya podía caminar sin ayuda, por fin recibí el alta.
Tenía prohibido conducir, así que dependía del transporte público para moverme por la ciudad.
Una semana después, cuando las fuerzas regresaron a mi cuerpo, decidí visitar la tumba de Maribel.
Muy a mi pesar me había perdido su entierro y necesitaba al menos saber dónde descansaba; aunque fuese solo para despedirme, si es que existe alguna manera de decir adiós a los muertos.
Regresar al cementerio municipal fue como atravesar un túnel hacia el pasado, hacia la misma