Chapter 59
Sentí una rabia intensa, un mareo que me subía desde el estómago hasta la cabeza, y la oscuridad comenzando a cubrirme la vista.
Todas mis sospechas estaban cobrabando forma: los ataques eran obra de los corruptos que habíamos llevado al banquillo.
El indulto al alcalde solo confirmaba mis peores temores.
—Ha sido él —escupí, temblando de ira—. ¡Ese hijo de puta es el responsable de todo!
—Coincido plenamente —dijo el inspector—, pero en estos momentos no puedo demostrarlo.
—Giré la cabeza y lo interrogué con la mirada.
Pedro se reclinó ligeramente hacia delante, entrelazó las manos sobre el regazo y continuó—: El comisario me ha puesto a cargo de la investigación, pero me encuentro en un callejón sin salida.
Si el inspector había decidido aventurarse en el caso y no había conseguido ninguna prueba, era más que probable que fuese porque el ataque había sido orquestado por profesionales entrenados.
Lo miré fijamente, y pude sentir cómo su mirada, astuta y perspicaz, me escudriñaba con una intensidad casi incómoda.
Cada gesto suyo transmitía sus años de experiencia y un cálculo silencioso.
—¿Qué necesitas saber? —pregunté al cabo.
—Todo lo que puedas decirme.
Puse al tanto al que consideraba el mejor policía que había conocido y lo envié en busca de toda la documentación que había logrado reunir a lo largo de los años.
Al mismo tiempo, le facilité un hilo del que podía tirar y le hablé del expolicía Gutiérrez, así como de la advertencia que este me había lanzado meses atrás, un aviso que aún resonaba con un eco frío en mi memoria.
—Ándese con ojo —le advertí.
Aún recuerdo la sonrisa torcida y sagaz de Pedro mientras cruzaba la puerta del hospital que daba a la calle, como si llevara consigo un secreto imposible de descifrar.
Los médicos, por primera vez desde mi ingreso, me permitieron abandonar la habitación a bordo de una crujiente silla de ruedas que rechinaba con cada metro y medio, un quejido metálico que se mezclaba con el murmullo distante de pasos y conversaciones.
Sentado sobre aquel artilugio salido del averno, rodeado de decenas de sombras que se desplazaban a mi alrededor, figuras ajenas al mundo de grises en que me encontraba, vi desvanecerse su silueta entre un coro de desconocidos.
Por fin el doctor me permitió bajar a la planta de cuidados intensivos, donde estaba ingresada Anabel.
Me acerqué a la cámara en la que aquellos matasanos la habían metido y sentí que algo dentro de mí se rompía.
Apenas podía distinguir su diminuto rostro entre los tubos y el respirador que subía y bajaba con un ritmo desesperadamente lento.
Tenía el tórax envuelto en un grueso vendaje y varias vías clavadas en sus brazos frágiles.
Otra máquina lanzaba un pitido acompasado con su respiración, un sonido que parecía marcar también mi propia angustia.
La enfermera, que trajinaba con un aparato desconocido para mí, me lanzó una mirada cargada de compasión y dibujó una sonrisa triste, fingida, un gesto que me dolió más que cualquier palabra.
No pude quedarme allí más tiempo y salí del lugar sintiendo que la existencia misma me aplastaba con su peso.