Lucidez Chapter 58
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Chapter 58

fui notificado de que los daños en la pierna eran permanentes y que tendría dificultades para caminar el resto de mi vida.

Poco después, empecé a recibir visitas. Ángela fue la primera en acercarse, intentando consolarme lo mejor que pudo, pero yo no ofrecía ninguna predisposición. Contestaba de manera tajante y desagradable, y pronto me dejó solo.

—El tiempo lo cura todo —había dicho.

—No esta vez —repliqué yo con amargura.

Algunos compañeros de pesquisas vinieron a darme el pésame, pero yo los despachaba con un gesto seco y sin miramientos.

Como única compañía tenía a mi compañero de habitación, un hombre que mataba el tiempo dando monólogos interminables   sobre   la   guerra   civil   y   sobre   los   bandos   que   la   compusieron.

—¡Sucios rojos! —exclamaba al finalizar cada uno de sus monólogos—. ¡Y mira que yo estuve en el bando de los buenos!

Durante días aguardé la visita del inspector Fernández, ansioso por conocer cómo avanzaba la investigación sobre los acusados que habíamos llevado al banquillo. Consulté al comisario en diversas ocasiones, esperando alguna respuesta, algún indicio, pero solo obtuve contestaciones ambiguas:

—En estos momentos, el inspector Fernández no puede venir —dijo con voz grave

—. Hablaremos del caso cuando te encuentres mejor.

Al cabo de una semana, mientras maldecía mi suerte y me revolvía entre las sábanas, la puerta se abrió con firmeza y apareció el inspector Pedro, cargando una bolsa de churros y dos cafés con leche de tamaño descomunal.

—Qué hay, pimpollo —saludó, dejando la bandeja sobre mi mesita—.

Mira, no voy a decirte que te acompaño en el sentimiento y todas esas memeces que debes haber escuchado más veces de las que necesitas.

Ambos sabemos que lo ocurrido es una desgracia muy grande, y sólo tú sabes cómo te sientes y cómo debes afrontarlo.

He venido para hacerte compañía, y para hablarte de ciertas cosas que creo que mereces saber.

Miré a Pedro a los ojos, y por primera vez sentí algo de paz. Era de agradecer que alguien se dignase a hablarme sin compadecerme. Miré los churros sobre la bandeja y sentí una ligera náusea.

—No tengo hambre —manifesté, apartando la mirada.

—Pues no comas —replicó mi mentor. Acto seguido sustrajo un grueso churro de la bolsa, lo introdujo en el baso de café y le atizó una dentellada. Mientras masticaba, sin quitarme los ojos de encima, dijo—: Tu compañero, el inspector Fernández, ha muerto.

—¿Qué? —exclamé, aferrando las sábanas hasta que los nudillos se pusieron blancos

—. ¿Cómo?

—Fue asesinado la misma noche del ataque, junto con sus padres. Dos balazos a quemarropa: uno en el pecho y otro en la cabeza. Murió en el acto.

Pedro terminó de masticar, se limpió la comisura de los labios y dio un sorbo a su café, contemplándome sin dejar de analizar cada reacción.

—El alcalde ha sido indultado esta misma mañana —añadió, dejando caer la noticia como un mazo sobre mi mente.