Lucidez Chapter 57
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Chapter 57

En medio de aquel caos, un ejército de enfermeras irrumpió en la habitación y me obligó a tumbarme de nuevo.

—¡Anabel! ¡Maribel! —volví a gritar, luchando contra las manos que me sujetaban.

Supongo que debieron administrarme algún tipo de calmante, porque las fuerzas me empezaron a abandonar.

—Todo va a estar bien —alcancé a escuchar la voz de Carlos, distante, mientras dos enfermeras inmovilizaban mis muñecas con correas firmes.

—¿Dónde está mi familia? —musite sin fuerzas.

Finalmente, la inconsciencia me atrapó de nuevo, arrojándome a un vacío frío y silencioso, mientras dentro de la prisión que era mi mente me debatía entre la desesperación y el miedo más absoluto.

En esta ocasión no fui yo quien descendió al infierno, sino que fue el infierno el que cayó sobre mí.

Mi vida se rompió en mil pedazos, como un cristal al que golpean con un mazo.

Tras recobrar el conocimiento, fui notificado de una evidencia que me costaba creer: Maribel había muerto durante el tiroteo y Anabel se encontraba en coma, en estado crítico.

Carlos me informó de que uno de los proyectiles había alcanzado a mi esposa, perforándole la pleura y un pulmón.

Desgraciadamente, tras caer inconsciente, se ahogó con su propia sangre.

Se dice que las desgracias siempre llegan de dos en dos, y aquella vez no fue la excepción: la misma bala que acabó con la vida de Maribel atravesó su omóplato y se incrustó en el hígado de Anabel.

Dicho de otro modo, mi esposa había protegido a nuestra hija con su cuerpo, amortiguando el impacto.

Los médicos no pronosticaban un final feliz; incluso afirmaron que había sido cuestión de suerte.

Por el momento, Anabel seguía con vida, aunque con un alto riesgo de muerte súbita.

En el mejor de los casos, si sobrevivía, podría sufrir secuelas permanentes de gravedad incalculable.

—Todo el departamento está trabajando en la investigación para determinar quiénes fueron los asaltantes —me comunicó Carlos al cabo de dos días.

—Sé cómo acaba esto —respondí, sin apartar la mirada del techo.

En cuanto a mi salud, había sufrido una fuerte conmoción en la cabeza y permanecía bajo vigilancia las veinticuatro horas del día.

Los médicos me informaron que había sido operado de urgencias: una bala me perforó el intestino delgado y otra alcanzó el fémur.

Permanecí inconsciente cerca de una semana.

—Conseguimos extraer la bala, pero corre riesgo de necrosis si no logramos estabilizar la infección —declaró el doctor—. Debemos proceder a la debridación conservadora de la herida, analgesia, antibioterapia y profilaxis antitetánica.

—Haga lo que considere —repliqué, sin ánimo para digerir tecnicismos.

No me encontraba de humor. Durante el periodo que permanecí inconsciente, se llevó a cabo el entierro de Maribel por lo que ni siquiera pude despedirme de ella.

Además, Anabel se encontraba ingresada unas plantas más abajo y no me dejaban ir a verla.

Por no dejarme, ni siquiera me permitían moverme de la cama.

A los pocos días fui operado de urgencias nuevamente y desperté unas horas más tarde drogado hasta la médula con analgésicos y otras sustancias de origen desconocido. Permanecí inmovilizado por una semana, un tiempo que se me antojó eterno. Al cabo,