Chapter 56
Al cabo, desperté lentamente y abrí los ojos con sumo cuidado, como si temiera que el simple movimiento pudiera hacerme desaparecer del mundo.
Con desgana y esfuerzo, descubrí que seguía postrado en la misma habitación, en la misma cama, conectado a los mismos artilugios sanitarios que me sujetaban a la realidad de un modo casi cruel.
Un zumbido constante vibraba en mi cabeza, pero, sorprendentemente, el embotamiento mental que me había paralizado parecía haberse disipado.
Aun así, mis párpados se mantenían pesados, y mi cuerpo dolía como si un camión hubiera pasado por encima de mí.
Dirigí la mirada hacia la butaca al lado de mi cama y vislumbré una figura sentada allí.
Al principio, la penumbra y mi confusión me impidieron discernir su identidad, pero poco a poco reconocí el rostro taciturno del comisario.
Dormía, o parecía dormir, mientras emitía pequeños ronquidos.
Aun con los sentidos confusos, adiviné unas profundas ojeras bajo sus ojos, señal de noches de desvelo y preocupación.
Giré la mirada hacia el lado opuesto y noté que una amplia cortina separaba mi cama del departamento contiguo, impidiéndome observar a los demás ocupantes.
—Carlos —alcancé a decir con una voz quebrada y temblorosa—. Carlos, soy yo… Andrés.
El comisario despertó sobresaltado, llevándose las manos a la cara, y me miró directamente a los ojos. Su expresión era un extraño compendio de cansancio extremo y alegría fingida.
—Oh… Andrés —dijo finalmente—. ¿Cómo te encuentras, hijo?
Volví a inspeccionar mi alrededor y repasé mi propio estado.
Alcé las sábanas y examiné mi cuerpo con cuidado.
Descubrí el abdomen cubierto de gasas, la pierna derecha completamente inmovilizada.
Ciertamente, el dolor físico era leve comparado con el desconcierto que sentía, pero los sentidos me estaban jugando una mala pasada.
Intenté reaccionar, recordar algo de lo ocurrido, pero todo era confusión y fragmentos de imágenes borrosas.
—¿Dónde está Maribel? —pregunté, ignorando cualquier límite físico—. Carlos,
¿dónde está mi mujer? ¿Y mi hija? ¿Dónde está Anabel?
El comisario no pudo evitar que la tristeza se filtrara en su rostro; sus ojos reflejaban un pesar que jamás había visto antes. Levantó una mano y acarició mi hombro con suavidad, mientras mostraba lo que interpreté como la sonrisa más forzada del mundo.
—Tranquilízate, hijo —repuso—. Ya hablaremos de eso más tarde.
—¿Qué… qué? —balbuceé, somnoliento. De pronto, una alarma invisible se encendió en mi mente, y un pánico frío me recorrió entero. Miré a mi alrededor con ansiedad y traté de incorporarme—. ¡Maribel! —grité, con la esperanza de ver entrar a mi esposa por la puerta—. ¡Anabel!
El comisario se levantó y me sostuvo firmemente por los hombros, sus ojos reflejando pena, dolor y urgencia.
—¿Dónde está mi familia? —demandé, gritando hasta que sentí que la voz me rompía—. ¡Anabel! ¡Maribel!
Intenté zafarme, tirando con todas mis fuerzas de los tubos que me sujetaban y aferrándome a la barandilla de la cama, con la intención de saltar. Carlos me contuvo entre sus brazos mientras sollozaba, y con un esfuerzo sobrehumano me impidió caer.