Lucidez Chapter 55
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Chapter 55

rápida. Afuera, la noche seguía siendo profunda, casi sólida, mientras los edificios pasaban como sombras fugaces y las luces anaranjadas de los faroles arrancaban destellos sobre las fachadas, reflejando un universo que se deformaba con cada movimiento.

Entonces, un sopor irrefrenable me envolvió, arrastrándome hacia una ensoñación que parecía tanto sueño como memoria.

Soñé sin realmente soñar; unas veces se trataba de recuerdos retorcidos de lo ocurrido, fragmentos de violencia y miedo que se mezclaban con la realidad, y otras veces me sumergía en pesadillas inquietantes.

Veía un espejo en el que mi propia imagen se deformaba, y en él, mi torso desnudo estaba invadido por un ojo sin párpado que me observaba fijamente.

Su iris parecía penetrar más allá de cualquier comprensión, examinándome con una mezcla de misticismo y crueldad, como si conociera todos mis secretos y me condenara sin palabras.

Lo siguiente que recuerdo es un hombre ataviado de blanco, que me inyectaba algo en el brazo.

Apenas capté sus movimientos, fugaces, casi invisibles entre los fragmentos confusos que permanecen en mi memoria de aquella noche.

Y después, un vacío absoluto. Podría haber estado muerto; no puedo recuperar nada de ese instante, como si hubiera desaparecido de mi conciencia.

Desperté finalmente en un lugar que, al principio, me resultó familiar: un hospital que recordaba vagamente de mi infancia, en Terrassa, aunque los detalles parecían mezclarse con la confusión de los años.

La luz de los fluorescentes me obligó a emitir un lamento involuntario, cegándome y lastimando mis ojos sensibles.

Intenté mover la mirada de izquierda a derecha, pero el mareo me golpeó con fuerza, obligándome a permanecer quieto.

Me encontraba tumbado sobre una cama de hospital, cubierto con una sábana blanca, y fruncí el ceño mientras un dolor punzante recorría mi cabeza.

Un pitido extraño resonaba detrás de mí, insistente y metálico.

Con lentitud llevé mi mano derecha hacia la cabeza, pero entonces sentí algo frío rozando mi antebrazo.

Al mirar más de cerca, distinguí tubos, un vial de sangre y un goteo que descendía lentamente; una aguja estaba clavada en mi vena, conectada a una vía que se extendía hasta mi muñeca.

A mi derecha, escuché voces y descubrí que compartía habitación con un hombre mayor que conversaba con una mujer aparentemente de su misma edad, y un joven de unos treinta años que parecía observar la escena con curiosidad.

Miré a mi alrededor, buscando algún rostro conocido, alguna señal de Maribel, pero solo hallé una butaca vacía; estaba solo, salvo por los vecinos.

—¿Maribel? —musité con un hilo de voz, apenas audible.

—Oh, se ha despertado —exclamó el joven, mirándome con sorpresa y un dejo de curiosidad.

—Llama a la enfermera —indicó la mujer, con voz firme pero calmada.

Apenas tuve fuerzas para mantener los ojos abiertos el tiempo suficiente para ver cómo una empleada del hospital entraba, moviéndose con rapidez y profesionalidad, y me administraba un fármaco.

En cuestión de segundos, un mareo intenso me atenazó los sentidos y me obligó a cerrar los ojos.

Una vez más, caí en mundos oníricos, sumergido en pesadillas que mezclaban fuego, pólvora y aquel ojo que parecía reclamarme algo, algo que no comprendía pero que me helaba la sangre.