Chapter 54
tratando de liberar mis muñecas a toda costa.
Alcancé a tocar algo frío entre sus manos y percibí el olor acre de la pólvora.
Mientras tiraba del arma hacia el suelo, resonó un nuevo disparo que impactó en mi muslo derecho, y otro instante después, la oscuridad se llenó de dos fogonazos más.
El llanto de Anabel y los gritos de mi esposa me golpearon más que cualquier herida y sin embargo, sin poder comprender cómo, las fuerzas me abandonaron y caí al suelo.
La silueta que forcejeaba conmigo retrocedió unos metros, y pude verla precipitarse hacia la salida.
Al abrir la puerta, la luz del exterior me deslumbró y cegó mis ojos temporalmente.
Recuerdo respirar con dificultad, sintiendo cómo la penumbra devoraba la poca luz que se filtraba del exterior.
Me arrastré a tientas, buscando desesperadamente a mi familia, tanteando con las manos el suelo y la alfombra, notando cada filamento bajo mis dedos.
Entonces, en un instante que pareció eterno, Anabel dejó de llorar.
La sensación de alivio duró un segundo antes de que un miedo helado me atenazara por completo, haciéndome temer lo peor mientras trataba de orientarme en aquel caos.
—Cariño —musité, con un hilo de voz quebrado, con la esperanza de que al escucharme, mi mujer o mi hija reaccionaran, aunque fuera mínimamente.
No obtuve respuesta alguna. Seguí arrastrándome, cada movimiento un esfuerzo titánico, hasta que finalmente mis manos rozaron un pie diminuto.
Un gruñido escapó de mi garganta por el esfuerzo, y, tanteando con cuidado, conseguí incorporarme lo suficiente para tomar a Anabel entre mis brazos.
Apenas podía distinguir su silueta en la penumbra, pero sentí su calor, débil y tembloroso.
Arropé su cuerpo frágil con mis brazos y llevé mi mejilla a sus diminutos labios, percibiendo el tenue ritmo de su respiración, pausada, como un hilo que luchaba por no romperse.
Su cuerpo colgaba lánguido, incapaz de sostenerse por sí mismo, como si fuera una muñeca sin vida. Los pequeños brazos caían inertes a los costados y la cabeza apenas se mantenía erguida. Un nudo de desesperación se me cerró en el pecho.
—¡Maribel! —exclamé, con la voz rota y entrecortada, mientras sentía cómo de mis ojos brotaban lágrimas calientes y saladas—. ¡Maribel!
Pero Maribel no respondió. Desde mi posición, apenas lograba distinguir su figura tendida sobre el suelo, al pie de la cama, recortada en la penumbra.
La desesperación me atravesó como un puñal; cada segundo parecía dilatarse hasta hacerse eterno.
Quisiera poder relatar con exactitud lo que ocurrió después, pero mi memoria se fragmenta en aquel instante: solo recuerdo una mezcla confusa de sonidos, luces y sombras, y la sensación de impotencia que me cubría por completo.
Finalmente, y sin previo aviso, la inconsciencia me venció, como un peso invisible que se abatía sobre mi cuerpo, arrastrándome a la oscuridad, dejando atrás la certeza de que Anabel y Maribel necesitaban de mí más que nunca.
La frontera entre la luz y la penumbra se desdibujó por completo, y caí sumido en un vacío absoluto, atrapado entre el miedo y la impotencia.
Durante un tiempo me moví entre lo que parecía un sueño profundo y ráfagas de lucidez intermitente.
Recuerdo el brusco vaivén de la camilla y a los sanitarios gritando órdenes con voces urgentes, mientras la ambulancia parecía desplazarse a toda velocidad, rebotando sobre el asfalto como si el mundo entero se hubiera puesto a girar a cámara