Chapter 53
Maribel necesitaba un descanso, yo mismo arrastraba un cansancio insoportable, y Anabel aún no había tenido la oportunidad de ver el mar. La idea de que sus ojos descubrieran por primera vez el horizonte azul y la espuma de las olas fue suficiente para inclinar la balanza.
Conseguí el permiso del comisario sin dificultad y de inmediato le comuniqué a Maribel que debía ir de compras para hacerse con un traje de baño nuevo, algo que la ilusionó de sobremanera.
A los dos días ya lo teníamos todo preparado: maletas cerradas, los enseres más indispensables embalados, y el coche listo para el viaje.
Fue así como emprendimos camino hacia la Costa Daurada, con la expectativa de dejar atrás, aunque solo fuera por unas semanas, las sombras que nos habían acompañado tanto tiempo.
Pasamos la siguiente semana entre chiringuitos de playa, rebozados de arena hasta los tobillos, y disfrutando de mariscadas, paellas de marisco y cócteles exóticos servidos en copas de colores brillantes.
Descubrí un pequeño bazar de bebidas donde vendían brandy del bueno, y tras el anochecer, me sentaba a la orilla del mar, dejando que la espuma y el murmullo de las olas me acompañaran mientras daba buena cuenta del licor, sorbo tras sorbo, y lo combinaba con un cigarro que se consumía lentamente entre mis dedos.
La brisa marina acariciaba mi piel todavía marcada por el sol, refrescándome y otorgándome una sensación de calma que hacía tiempo no sentía.
Fueron días de paz absoluta, un periodo en el que la preocupación más apremiante consistía en decidir el menú de degustación del día siguiente.
Por un corto periodo de tiempo, incluso me permití el lujo de prescindir de mis obligaciones como inspector, y me olvidé por completo de que era un agente de la ley.
¿Habéis escuchado alguna vez aquel dicho que sostiene que existe una calma antes de la tempestad?
Pues así podríamos calificar ese periodo idílico, donde todo parecía suspendido en un remanso de serenidad.
Una noche, a saber qué hora marcaba el reloj, me despertó el llanto desgarrador de Anabel.
Recuerdo incorporarme de golpe, aún aturdido por el sueño, y discernir un par de siluetas que se movían en la penumbra de la habitación.
La luz de la luna apenas lograba iluminar parcialmente los contornos de los muebles y proyectaba sombras inquietantes sobre las paredes.
Desorientado, grité algo para alertar a Maribel, que saltó a mi lado y se precipitó hacia la cuna.
En medio de la oscuridad, algo me golpeó en la cabeza y sentí que perdía el equilibrio; el impacto me tambaleó, pero no me impidió abalanzarme sobre uno de nuestros atacantes y lanzarle un golpe con toda la fuerza que pude reunir.
Escuché un gruñido gutural mientras forcejeaba con él en plena oscuridad y, casi al instante, recibí un segundo golpe por detrás.
En medio de la confusión, noté un calor húmedo descendiendo por mi nuca.
En ese instante no acerté a identificarlo, pero pronto comprendí que se trataba de sangre.
Escuché a Maribel gritar algo ininteligible entre las sombras y a nuestra hija llorar desconsoladamente, su llanto penetrando en mis oídos y clavándose en mi pecho.
Logré acertar un golpe en la cara del asaltante y, de repente, un destello cegador iluminó la habitación: un resplandor intenso que me hizo cerrar los ojos y apartar la mirada.
Le siguió un segundo fogonazo y sentí como si algo me mordiera el vientre.
Ignorando el dolor, seguí luchando con quien intentaba sujetarme,