Lucidez Chapter 51
28%

Chapter 51

contaminar la investigación con asuntos personales. Era una lección de oro que, sin embargo, había decidido olvidar.

Una mañana cualquiera, mientras revisaba algunos documentos dispersos sobre la mesa y hacía un par de llamadas rutinarias, Fernández apareció en mi despacho sin anunciarse, arrastrando la butaca frente a mi escritorio y acomodándose como si fuera suya.

No dijo nada al principio; se limitó a observarme con detenimiento, apoyando los codos en los brazos del asiento, con una sonrisa entre pícara y triunfal.

Yo lo miraba de reojo mientras hablaba por teléfono con la secretaria del registro de la propiedad de Terrassa, y juraría que lo descubrí esbozando una sonrisa de depredador.

—¿Puedo devolverte la llamada en un rato? —dije antes de colgar. Luego crucé las piernas y clavé la mirada en Fernández—. ¿Y bien?

—¿Qué tal la familia últimamente? —preguntó sin más.

—Bien —respondí—. Anabel se ha resfriado. Maribel iba a llevarla al pediatra, pero tuvo que cancelar la cita porque nos llegó una multa. ¿Tú conoces a alguien que me pueda echar un cable? Parece que dejé mal el coche en la vía Luis Domènech.

—Por supuesto. Luego te paso un contacto para que te la quite de encima.

—Venga ya, hombre —repliqué—. ¿Qué clase de policía crees que soy? Solo quiero recurrirla, no aprovecharme del sistema. No recuerdo haber aparcado el Sinca donde dice la multa, ni en ningún sitio raro.

Fernández levantó los pies y los dejó caer sobre mi escritorio, cruzándolos con desparpajo.

—El mundo lo manejan los listos, Andrés. Los santurrones como tú casi nunca sobreviven. Algún día te arrepentirás de no haber aprovechado los recursos que tenías a mano.

—Mal rayo me parta si no soy capaz de dar ejemplo, siendo policía y todo eso. ¿Qué clase de mundo quieres dejarles a tus hijos?

—Nadie te juzga —replicó con calma—. Ni digo que te aproveches del Estado. Solo que a veces conviene sacar partido de ciertas ventajas.

—Para mí es lo mismo —dije retirando sus pies de mi mesa—. Te veo demasiado animado. Vamos, suéltalo: ¿qué tienes para mí?

Fernández se inclinó hacia delante, bajando la voz, como si fuera a revelar un secreto.

—¿Y si te digo que he conseguido una prueba que puede resolver el caso de una vez por todas?

—Déjalo, Fernandez. Lo que sea que estés tomando te sienta mal.

—Hablo en serio.

—Y yo también.

—Vamos Andrés...

—Vale, vale. ¿A qué demonios te refieres?

—A una grabación telefónica —respondió, con un destello de orgullo en los ojos—. Donde el mismísimo alcalde reconoce sus trapicheos e incluso admite que hay otros altos cargos implicados.

—¿Cómo? —me limité a preguntar.

—¿Cómo qué?

—¿Cómo has conseguido esa grabación? ¿De dónde ha salido? ¿Quién te la ha dado?