Chapter 50
—Sí, Andrés. Usted se ha inmiscuido en asuntos que no le conciernen, asuntos de cierta gente peligrosa. Usted y su compañero Fernández han ido demasiado lejos, y ahora están en el punto de mira.
—¿Y es usted el matón al que han enviado para asustarme?
—En absoluto —replicó Gutiérrez con firmeza—. Si le he citado aquí, es precisamente para advertirle.
—¿Me está diciendo que lo hace por benevolencia? —reí con ironía—. Mire, amigo, no creo en quienes aparentan actuar por caridad; siempre hay un motivo oculto.
—¿Quiere saber el mío? —preguntó, bajando la voz y apretando los dientes—.
Lo he perdido todo. Como a usted, me asignaron investigar ciertas lagunas legales y, cuando descubrí demasiado, me vi entre la espada y la pared.
Primero fueron mis bienes personales, después atacaron a mi familia, y al final perdí mi trabajo. Esos malnacidos tienen las manos...
—Un momento —lo interrumpí, al darme cuenta de lo que insinuaba—. ¿Me está diciendo que ya no es policía?
Gutiérrez apretó los puños y frunció el ceño.
—No, ahora mismo no lo soy.
—¿Entonces por qué lleva placa y arma?
—Podrán quitarme los permisos, pero jamás podrán borrar lo que soy, y no me detendré hasta... ¡espere un momento!
Ya había escuchado suficiente. Mientras hablaba, me puse en pie y retiré la silla con intención de marcharme.
—Discúlpeme, Gutiérrez. Vine por curiosidad, porque creí que trataba con un policía. No sé qué busca ni qué pretende, pero no cuente conmigo para consumar su venganza.
Me giré hacia la salida. Cuando estaba a medio camino, su voz resonó en el local:
—¡Inspector, déjeme darle una última advertencia!
Me detuve apenas un instante, volví la cabeza y asentí en silencio.
—Esa gente no tiene escrúpulos. Mantenga los ojos bien abiertos o destruirán todo lo que ama.
Me ajusté el abrigo y abandoné aquel bar impregnado de humo y olor a café, para adentrarme en el aguacero que azotaba las torres de Rubí.
Si lo que había contado Gutiérrez era cierto, y aquellos a quienes investigábamos realmente lo habían despojado de su vida hasta hundirlo, no me importaba.
No iba a dejarme arrastrar por su cruzada personal.
Solo me interesaba desenredar la maraña de corrupción que teníamos entre manos, llegar al fondo de la cuestión y demostrar la verdad, aunque tuviera que arriesgarme para conseguirlo.
Sin embargo, no estaba dispuesto a seguir a un hombre cegado por la revancha ni a convertirme en cómplice de una vendetta que en nada me concernía.
El ego herido de un hombre puede arrastrarlo a límites insospechados, y yo, de manera insensata, había convertido aquel caso en un desafío personal que nunca debí asumir.
El inspector Pedro, mi mentor, solía repetir que un investigador no debía inmiscuirse emocionalmente y que jamás había que