Chapter 49
El bar se encontraba junto a una oficina de la Caja Estrella.
Crucé la hilera de mesas diseminadas en la terraza, empujé la puerta de cristal y entré en el local.
Dentro discerní a un grupete de ancianos entregados a la brisca, un obrero que devoraba un bocadillo de longaniza mientras lo regaba con una copa de cerveza, y un hombre de mediana edad que sorbía lentamente un café en la barra.
Me acerqué hasta allí y tomé asiento en un taburete.
Un barman de aspecto cansado se aproximó mientras frotaba con desgana una copa de cristal.
—¿Qué va a ser? —preguntó.
—¿Sirven menú de mediodía?
—No. Pero podemos prepararle un bocadillo si lo desea.
—Entonces póngame una copa de vino y un bocadillo de butifarra.
—¿Le unto el pan con tomate?
—No, con un buen chorro de aceite bastará.
El barman gruñó, se giró hacia la cocina y, tras gritar el pedido a alguien que no vi, regresó con una copa de vino y una tapa de aceitunas.
Para distraerme, vagué la mirada por el local hasta detenerla en un periódico olvidado sobre una mesa.
Me acerqué, lo recogí y lo hojeé sin demasiado interés: noticias corrientes, artículos financieros y nada fuera de lo habitual.
Me refugié entre sus páginas para matar el tiempo, ocultando a ratos mi rostro tras el papel.
Las horas pasaron lentamente. Me quedé en el fondo del establecimiento, con el periódico como pantalla, aguardando la aparición estelar del tal inspector Gutiérrez.
Vi al grupo de ancianos cambiar de juego al menos media docena de veces, y observé cómo entraban y salían clientes habituales sin que ninguno levantara sospechas.
Hasta que, a las cinco en punto, la puerta se abrió y un hombre de unos cuarenta años entró en el local.
Su gabardina de cuero estaba empapada, y traía un paraguas cerrado bajo el brazo: fuera, una tormenta se había desatado sin que yo lo advirtiera.
Tras sacudirse unas gotas, me localizó con la mirada y se dirigió hacia mi mesa.
Replegué el periódico, lo dejé a un lado y lo recibí con gesto expectante.
—El inspector Gutiérrez —aventuré.
—El mismo —respondió, ofreciéndome la mano.
Se la estreché y encendí un cigarrillo, mientras lo observaba con atención.
Tenía una mirada penetrante y una barbilla incipiente.
Al despojarse de la gabardina y colgarla sobre el respaldo de la silla, distinguí la placa de policía sujeta al cinturón y, junto a ella, la funda de reglamento con una pistola.
Suspiré: al menos, en apariencia, era policía. Eso me tranquilizó.
—Bueno, me tiene usted en ascuas —dije, forzando una sonrisa.
—Me lo imagino.
—Pues adelante: soy todo oídos.
—Está usted en peligro —soltó sin titubear.
Lo miré con gesto interrogante, buscando en su rostro alguna señal de que estuviera bromeando.
—¿En peligro? —repetí.