Chapter 48
—Verá, Andrés. Me gustaría concertar un encuentro con usted para hablar de... ciertos asuntos relacionados con su investigación.
—¿De qué asuntos estamos hablando? —inquirí, receloso. No conocía a ningún Gutiérrez en Sabadell, ni tenía constancia de que alguien con ese apellido trabajara allí.
—Del tipo de asuntos que requieren discreción. Es mejor tratarlos en persona; podría haber alguien escuchando al otro lado de la línea.
Me quedé mudo. ¿Alguien escuchando mi línea? ¿De qué demonios hablaba? Volví la vista hacia Anabel, entretenida con un puzle de diez piezas, y encendí un cigarro mientras trataba de ordenar mis pensamientos.
—¿Sigue ahí? —preguntó Gutiérrez.
—Sí, sigo aquí. Si le entiendo bien, está insinuando que mi teléfono está intervenido.
—Ahora no es el momento de discutirlo. Solo dígame cuándo podemos vernos.
—El miércoles —improvisé. No sabía si podría, pero fue el primer día que me vino a la cabeza.
—Perfecto. El miércoles le llegará una misiva con la hora y el lugar. —Guardó silencio unos segundos y añadió—: Y, Andrés, cúbrase las espaldas. No comente esta conversación con nadie.
Acto seguido colgó. Me quedé varado entre mis pensamientos, sin la menor idea de a qué se refería.
No le di importancia, y aquello sería algo de lo que me arrepentiría el resto de mi vida.
Entonces no imaginé que poderosas fuerzas oscuras conspiraban a escondidas, seres más allá de la comprensión humana, sin nombre ni rostro.
El miércoles por la mañana, la secretaria encargada de repartir la correspondencia dejó sobre mi mesa un sobre en el que figuraba únicamente mi nombre, sin adornos ni membretes que lo acompañaran.
Tras recogerlo, le di la vuelta para comprobar el dorso, donde confirmé que no había remitente alguno.
Con la ayuda del abrecartas lo abrí por un costado y extraje un folio cuidadosamente doblado. En él podía leerse:
»Tal y como le comuniqué por teléfono, me pongo en contacto con usted para concertar un encuentro.
Reúnase conmigo en el bar La Estación de Rubí, cerca de las torres, a las 17 horas.
Procure que nadie lo siga. Le recomiendo utilizar el transporte público para asegurarse.
Y, por favor, cúbrase las espaldas. Firmado: Gutiérrez.
Leí el contenido de la carta un par de veces, como si al hacerlo pudiera desentrañar alguna intención oculta, y gruñí en silencio.
Todo aquello olía muy mal, y no me inspiraba la más mínima confianza.
Aun así, tras excusarme con Fernández y con el comisario, decidí seguirle el juego.
Tomé mi Sinca 1000 y conduje hasta la estación de los ferrocarriles catalanes, con la intención de inspeccionar el terreno antes de asistir a la cita.
Allí subí al tren y me apeé en Rubí, junto a la barriada de las torres.
No tenía idea de dónde se encontraba el bar, así que pregunté en las inmediaciones y un hombre mayor me dio indicaciones.
Me dirigí hacia la torre número siete y al mirar hacia arriba, me vi sorprendido por su magnificencia: jamás había visto bloques de pisos tan altos, auténticos colosos de hormigón que parecían apuñalar el cielo, un milagro de la obra moderna recientemente erigido.