Lucidez Chapter 47
26%

Chapter 47

bajó la mirada hacia su regazo, donde reposaba nuestra hija: envuelta en sábanas, con los ojos cerrados y respirando plácidamente. Maribel me la ofreció, pero me invadió un miedo repentino y rehusé tomarla. Por un instante temí que, si la sostenía, pudiera resbalar y caer.

—Coge a tu hija —insistió Maribel, sin dejar de sonreír.

Me armé de valor y, procurando que la cabeza reposara en mi antebrazo, la tomé con sumo cuidado.

Anabel no emitió sonido alguno; permaneció dormida mientras yo temblaba como un flan.

Al cabo la miré, sonreí a Maribel y me retiré a la butaca.

Una vez acomodado, la acuné despacio y le di un beso muy delicado en la frente.

—Bienvenida al mundo —susurré, sin dejar de sonreír.

Anabel fue, sin lugar a dudas, lo mejor que me había pasado jamás.

Hasta entonces había vivido momentos buenos y malos, pero mi hija se convirtió en un regalo único, la razón principal para seguir levantándome cada mañana.

Gracias a que mi sueldo nos permitía vivir cómodamente, Maribel pudo dejar su empleo y dedicarse por completo a la maternidad.

En cuanto a mí, trataba de encontrar la manera de pasar más tiempo en casa y disfrutar de la familia.

Los tres años siguientes fueron, sin discusión, los que más disfruté de aquella etapa.

Mi relación con Maribel era casi perfecta, y por primera vez en mucho tiempo supe lo que significaba tener el calor de una familia.

El trato con el comisario también era excelente: el padre de mi esposa me consideraba casi un hijo.

Con el paso de los meses me acostumbré a visitar a Ángela cada semana.

Mi rutina se volvió apacible, y sentí que, por fin, las cosas marchaban como debían: una vida sencilla, rodeado de quienes quería.

Nada dura para siempre, y lo que se avecinaba, sin que yo lo intuyera, destruiría de un plumazo aquella felicidad.

Durante esos tres años me mantuve ocupado en la investigación de la trama de corrupción, que ya abarcaba buena parte del ayuntamiento.

Mi compañero y yo analizamos cada pista, contrato y documento, interrogando a promotores y cómplices, y así avanzamos lentamente en una trama que parecía interminable.

Con el tiempo reunimos pruebas suficientes para procesar a una decena de concejales, pero la red se extendía más allá, alcanzando ciudades como Terrassa y Sabadell.

Con la mediación del comisario logramos contactar con los responsables de la Generalitat de Catalunya, quienes nos facilitaron la conexión con un juez de Barcelona.

Poco después recibimos su aprobación y ampliamos la investigación más allá de nuestra jurisdicción.

Finalmente, varios inspectores de otras localidades se unieron al caso.

Así fue como empezamos a ensamblar las piezas de aquel puzle.

Una noche me encontraba en el suelo enmoquetado del comedor jugando con Anabel, que acababa de cumplir tres años, cuando sonó el teléfono. Maribel se encontraba en otra habitación con las tareas de la casa, así que me levanté y descolgué.

—Diga.

—Buenas noches —respondió una voz desconocida—. Le hablo desde el departamento de policía de Sabadell. Soy el inspector Gutiérrez. ¿Es usted el inspector Andrés, de Bárbara Roich?

—Así es. ¿En qué puedo ayudarle?