Chapter 46
—Gracias —respondí, dándole un fuerte achuchón mientras ella me estampaba un beso en la mejilla.
—Te han puesto las esposas —bromeó el inspector Pedro, dándome una palmada en el hombro. Mi mentor se había acicalado con un traje azul cielo que, por cierto, le sentaba fatal—. Enhorabuena, muchacho. La dicha es buena si la persona es la adecuada.
—Gracias —le correspondí.
Tras abandonar el juzgado, los recién casados y el pequeño grupo de invitados nos dirigimos a la masía Ponts, un lugar especializado en banquetes de boda.
En definitiva, puedo asegurar que fue un día memorable.
Comimos en abundancia y bebimos todavía más; y aunque éramos pocos, lo pasamos en grande.
¿Qué más podía pedir? Tal vez un futuro próspero.
Pero en mi vida nunca hubo espacio para eso.
Antes del descenso a los infiernos, quiero detenerme un instante en lo que quizá fueron los mejores años de mi vida adulta.
Tras el casamiento, se asentó en mi rutina una calma inesperada, un remanso de paz en el que me dejé llevar sin resistencia.
Dos semanas después de la boda nos mudamos a nuestra nueva casa, donde iniciamos la vida de casados.
Al principio apenas coincidíamos, en parte por culpa del trabajo.
Pasaba largas horas siguiendo pistas difusas y entrevistando a personas vinculadas con la trama de corrupción, que parecía empeñada en desvanecerse frente a nuestros ojos.
Solo al anochecer regresaba al hogar, donde cenaba con Maribel, cada día más transformada por el embarazo, con una barriga cada vez más evidente.
En cuanto al embarazo, todo transcurrió con normalidad.
Maribel acudía puntualmente a las revisiones, y en todas le hacían las pruebas habituales.
Al cabo de unos meses nos dijeron que sería una niña, así que empezamos a buscar un nombre.
Tras varias noches de debate, decidimos ponerle el segundo nombre de su madre: Anabel.
Faltaba un mes para la fecha prevista cuando el médico decidió que Maribel debía coger la baja.
Su vientre ya era muy grande y le dificultaba la movilidad.
Pocos días después, su ombligo sobresalió hacia afuera, lo que según las ancianas del barrio, indicaba que el momento estaba próximo.
A tres días del parto, su rostro y su nariz se inflamaron, algo que me pareció muy gracioso.
A mis ojos, estaba más hermosa que nunca.
Anabel vino al mundo el 22 de diciembre de 1973.
Aquella mañana me encontraba buceando entre papeleo y declaraciones cuando el teléfono de mi despacho sonó con un tintineo estridente.
Al descolgar, una enfermera me comunicó que mi esposa había ingresado en la unidad de partos del hospital General de Terrassa y que estaba a punto de dar a luz.
No recuerdo con claridad cómo llegué al hospital; solo que conduje como nunca antes lo había hecho.
Al llegar al mostrador, reclamé saber noticias y me notificaron que Maribel y mi hija ya me esperaban en la segunda planta.
Admito que me sentí decepcionado al enterarme de que me había perdido el parto, aunque aquella sensación se desvaneció en cuanto crucé el umbral de la habitación 223 y vi a mi esposa recostada en la camilla con Anabel entre los brazos.
Lo primero que hice fue cerciorarme de que Maribel se encontrara bien. Se la veía exhausta, con el rostro enrojecido por el esfuerzo y unas profundas ojeras, y pensé que lo que más necesitaba era dormir. Tras besarla en la frente, ella me devolvió la sonrisa y