Chapter 45
—Podría —respondió Carlos, sin añadir más detalles.
—Bien. —Maribel aspiró hondo y dibujó una amplia sonrisa—. Como ya te imaginarás, no te hemos hecho venir para hablar de trabajo.
—Es obvio.
—En casa ya te adelanté algo: Andrés y yo estamos saliendo. Pero no es lo único que queremos decirte.
—Adelante —apremió el comisario, alzando la mano en señal de permiso.
La noticia de nuestra relación no pareció molestarlo. Ya era una victoria. Guardé silencio, expectante. Maribel vació de un trago el resto de su copa, tomó aire y soltó:
—Andrés y yo vamos a casarnos.
Ambos aguardamos como dos tontos su reacción, pero no mostró emoción alguna.
—De acuerdo —dijo al cabo, impasible.
Mi futura esposa y yo cruzamos una mirada breve, apenas dos segundos, antes de que ella añadiera:
—Y estamos esperando un hijo.
Me aferré al mantel bajo la mesa y contuve la respiración.
No creí que Maribel fuera a soltar semejante bomba sin previo aviso y sin preámbulos.
El comisario nos observó primero a ambos, luego dejó vagar la vista hacia el infinito, pensativo.
Poco a poco dibujó una ligera sonrisa y volvió a fijarse en mí.
—Menudo granuja estás hecho —concluyó.
Dios bendiga al comisario y su buena disposición, tanto para aceptar nuestro compromiso como para recibir con agrado la noticia de que íbamos a ser padres.
Carlos reaccionó mucho mejor de lo que esperaba; incluso me atrevería a decir que, en el fondo, se sentía feliz.
En cualquier caso, interpreté su falta de disgusto como una señal alentadora, y los días siguientes transcurrieron con normalidad.
Una semana después, Maribel y yo empezamos a planear la boda.
Ninguno quería una gran celebración; preferíamos algo discreto.
Para mi alivio, ella no era una mujer tradicional ni devota, así que pronto descartamos la iglesia.
Coincidimos en que lo más práctico era casarnos por el juzgado y formalizar cuanto antes el matrimonio, a ser posible antes de que nos entregaran las llaves de nuestra nueva casa.
Dos meses más tarde nos encontrábamos en la sala del juzgado, acompañados por el juez y unos pocos invitados: el comisario Carlos, mi antigua asistenta social Ángela, el inspector Pedro y mi compañero, el inspector Fernández.
Maribel vestía un sencillo traje color crema, lejos de los vestidos de novia tradicionales y sus extravagancias.
Yo llevaba una americana oscura con corbata, pantalones de pinza negros y unos zapatos de vestir.
—Por el poder que me ha sido otorgado, yo os declaro marido y mujer —proclamó el juez al concluir la ceremonia—. Puedes besar a la novia.
Así lo hice. Mientras aún la besaba, los invitados rompieron en aplausos y enseguida se acercaron a felicitarnos. El comisario me estrechó la mano con firmeza y abrazó a su hija. Ángela parecía debatirse entre la alegría y el llanto; con los ojos vidriosos y apenas un hilo de voz, me dijo:
—Felicidades, hijo.