Lucidez Chapter 44
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Chapter 44

—No estoy tan seguro —repliqué, recordando la advertencia que me lanzó una vez.

Me presenté con diez minutos de antelación y aguardé frente a las puertas del restaurante.

Maribel parecía tenerlo todo previsto y, para la ocasión, había escogido un hostal discreto donde ofrecían comida casolana.

Mientras los nervios me corroían, di buena cuenta de dos cigarrillos, fumados uno tras otro, contemplando mi reflejo en la cristalera como si buscara en él una seguridad que no tenía.

Me había acicalado con mis mejores galas: una americana a juego con pantalones de pana, corbata bien anudada y zapatos lustrados con esmero.

Poco después vi a Maribel aparecer, vestida con un traje azul cielo que le caía hasta las espinillas y unos zapatos sencillos.

Su padre avanzaba a su lado, con una indumentaria semejante a la mía.

Cuando llegaron a mi altura, me escrutó con aquellos ojos capaces de atravesar la carne, la piedra y hasta el acero, manteniendo un semblante grave e imperturbable. Tragué saliva.

—Buenas tardes —saludé con un hilo de voz.

—Hola, cariño —contestó Maribel.

Mi prometida se arrimó a mí y me tomó de un brazo. Abrí los ojos de par en par, sorprendido, y alcancé a ver la mirada penetrante de Carlos posada sobre nosotros.

—¿Qué haces? —pregunté en voz baja, incómodo como si llevara puestos calzones de paja.

—Ya sabe que estamos juntos —replicó ella con una sonrisa encantadora.

—Hola Andrés —dijo entonces el comisario. Con un gesto seco de la mano nos invitó a entrar—. ¿Vamos dentro?

Al cruzar el umbral, nos recibió un hombre menudo parapetado tras el mostrador.

Maribel comunicó la reserva, y una joven nos condujo hacia el fondo del comedor, donde nos aguardaba nuestra mesa.

Me senté en uno de los costados; el comisario lo hizo enfrente, sin apartar de mí los ojos, y Maribel se acomodó a mi lado.

Antes de que dijéramos nada, apareció una camarera con las cartas.

La acepté con alivio y la usé como un improvisado escudo, ansioso por interponer una barrera entre la mirada del comisario y la mía.

—Una ensalada catalana y un entrecot —pidió el comisario antes de devolver la carta a la chica.

—A mí póngame una crema de calabaza y unos canalones —dijo Maribel.

—Póngame lo mismo que el señor comisario —me apresuré a decir. Carlos me observó sin expresión alguna. Volví a tragar saliva.

La camarera se retiró y poco después regresó con una botella de vino. Sirvió las copas con soltura y volvió a sus tareas. Para matar el tiempo y mantener los nervios bajo control, encendí un pitillo y bebí un sorbo de la copa.

—Andrés me dijo que le confiaste un caso de corrupción —comentó Maribel, con el evidente propósito de romper el hielo—. Al parecer, el ayuntamiento está implicado.

Carlos dio un sorbo pausado, encendió una faria y, tras la primera calada, me sostuvo la mirada antes de responder:

—Sí, así es. Todo apunta a una trama que involucra al ayuntamiento, aunque aún desconocemos su alcance. Por el momento seguimos investigando.

—¿Podría estar implicado el alcalde?