Lucidez Chapter 43
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Chapter 43

a un amigo, dimos con una pequeña casa de una planta cerca de la barriada central, con acceso directo a la rambla de Bárbara Roich.

El precio era más alto de lo que hubiera querido, pero la ubicación era ideal: cerca del centro, con comercios y transporte público a mano, y la comisaría a solo cinco minutos a pie.

El siguiente paso fue conseguir financiación para la compra.

Aquello no supuso ningún problema: Maribel contaba con un contacto dentro de la caja Penedés y, sumado a su patrimonio como aval, nos aprobaron la hipoteca sin inconvenientes.

Al cabo de unas semanas, recibimos la citación para formalizar la compra ante notario, fijada a dos meses vista.

Y para terminar nos faltaba lo más difícil de todo: contarle al comisario que Maribel y yo íbamos a casarnos y, lo más importante, que iba a ser abuelo.

Ante semejante situación peliaguda, dejé que fuera Maribel quien planificara toda la estrategia.

Durante los días previos, desde mi despacho, observé sus idas y venidas, buscando en su mirada cualquier señal de sospecha.

Pero no encontré nada: solo el rostro imperturbable de un hombre autoritario, acostumbrado a controlar todo a su alrededor.

Al cabo de unos días, Maribel asistió a su primera cita médica y recibió instrucciones sobre cómo afrontar el embarazo.

Según las pruebas, llevaba casi dos meses de gestación.

Yo me encontraba sentado en la terraza del bar del Hospital General de Terrassa, removiendo un café que, después de cuarenta minutos, se había quedado frío, mientras fumaba compulsivamente para calmar los nervios.

Entonces la vi aparecer por la puerta que daba a la planta baja.

Al acercarse a la mesa, esbozó una sonrisa que delataba su buen humor.

Le retiré la silla y la ayudé a sentarse.

Luego volví a mi asiento y esperé las noticias.

—Todo parece estar bien —dijo—. El médico dice que puedo seguir trabajando, ya que mi profesión no representa peligro para el bebé. Me ha recomendado reposo durante los primeros días, pero podré incorporarme al bufete la semana que viene.

—Bien, me alegro mucho —dije, con una sonrisa fingida. Estaba feliz, más de lo que me atrevía a reconocer, pero la situación me abrumaba, sobre todo porque aún no le habíamos contado la noticia al comisario—. ¿Qué hay de tu padre? —pregunté después.

—Bueno, en cuanto a eso… tengo un plan. Este fin de semana pensaba invitarlo a cenar y explicarle la situación.

—Vale, me parece bien, así podéis charlar tranquilamente...

—Y tú vendrás con nosotros —me cortó.

Guardé silencio y sentí sudores fríos recorrerme la frente. Solo imaginar la situación me hacía temblar. Fruncí la nariz mientras dibujaba una sonrisa nerviosa y dije:

—Espera que me aclare un poco. ¿Qué es lo que tengo que decirle? A ver, espera…

—Carraspée un par de veces y entoné—: Hola, jefe.

Vengo a comunicarle que su hija y yo estamos saliendo; que durante los últimos meses hemos estado follando como conejos.

Debido a eso, le he hecho un bombo, así que usted va a ser abuelo y, por ende, yo seré su yerno.

Si me diera su bendición, se lo agradecería mucho.

—Hice una pausa dramática y añadí—: Soy hombre muerto.

—¡Que no, tonto! —rió ella, tomando una de mis manos entre las suyas—. Le pediré que nos acompañe a los dos. Tal vez así se percate de algo y se muestre más abierto. Además, mi padre piensa que eres un buen partido para mí.