Lucidez Chapter 41
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Chapter 41

proyecto distinto, y por razones que no entendíamos, el dinero destinado a una obra terminaba siempre en otra parte, incluso fuera de la jurisdicción de Bárbara Roich, lo que bloqueaba nuestra investigación. Sin darnos cuenta, llevábamos ya un año atascados.

—No tenemos pruebas para acusar a la mujer del alcalde —dije al cabo—.

Esto podría volverse en nuestra contra. Solo contamos con conjeturas, Fernández.

No podemos probar que el dinero saliera directamente de la alcaldía.

Si el alcalde se entera de que lo investigamos, podríamos meternos en un buen lío.

—Vamos hombre —farfulló Fernández—. ¿Dónde está tu sentido de la aventura?

—Aventura —repetí con retintín—. Tu aventura podría hacer que nos ahorcaran a los dos.

—Cobarde —soltó mi compañero, girándose hacia su despacho con una sonrisa socarrona.

Unos meses después, en una noche de invierno, Maribel se presentó en casa llorando desconsoladamente. Preocupado por ella, insistí en que me contara qué le pasaba. La ayudé a subir al estudio y, tras templar los nervios con una copa de vino, comenzó a hablar.

—¿Sabes que me crié como hija única? —preguntó finalmente, envuelta en una manta, sentada sobre la silla. Había levantado los pies sobre el asiento y se abrazaba las rodillas.

—Bueno, algo creo saber —mentí, entrelazando las manos sobre la mesa—. Por lo que sé, no tienes hermanos.

—Tuve una hermana —confesó al fin—, pero murió al nacer… al igual que mi madre. No superó las complicaciones del parto.

Maribel tenía la mirada perdida en el infinito y el rímel le corría por los ojos. Al menos había dejado de llorar por un momento.

—Lo siento.

—Ocurrió hace mucho tiempo. Yo tenía cuatro años. Cuando pienso en ello, siento rabia; apenas la recuerdo, una imagen fugaz que se desvanece.

Guardé silencio. Coincidíamos en ese punto. No quise interrumpirla; apenas conocía a la mujer que regresaba cada noche a mis brazos, y aquella era una buena oportunidad para saber más de ella.

—Me criaron las niñeras que mi padre contrataba para cuidarme.

A veces pasaba días enteros sin verlo. En una ocasión estuvo fuera un mes y, a su regreso, traía consigo una enorme muñeca, más alta que yo.

Supongo que pensó que así recompensaba el cariño que me faltaba.

Me sentí tan cabreada que la estampé contra el suelo y la pisoteé.

Lo más doloroso fue la indiferencia con la que reaccionó.

Maribel se sorbió la nariz con la manga y me miró entre ojos cristalinos.

—¿Tú recuerdas a tu madre?

—A veces. Bueno, te mentiría si te dijera que no pienso en ella. En realidad, en ambos; también en mi padre. Pero… intento no hacerlo. Me cuesta mucho recordar sus caras, y eso me entristece.